Sabaleros, señores del río

Una delas bondades del sol, en su carácter de astro rey, es el de nacer allí donde convenga a la platea del pueblo al que brinda luz, calor y energía vital. En nuestro caso, el vasto escenario desde el cual luce sus magníficos atributos, es una planicie esmerilada de suave tono marrón, que se derrama sobre una costa de junco y sauce de 22 quilómetros de extensión, al que gentil y cariñosamente tuteamos como “el río”. Sin variaciones y por milenios, su relumbre dorado supo asomar, preciso y estoico, desde la eternidad del estuario para despertar la existencia de sus seres, moradores de gredas sin memoria y de heredades aún más antiguas. Sus orillas fueron testigos fieles de muchas generaciones de berissenses que dejaron sus episodios en la piel de la arena, en la corteza de la arboleda y en la fragua cordial de la amistad. En el cautivante parafraseo regional de los apelativos, sus playas resguardan -cual nombres verdes en la fronda de los umbríos cañaverales- el misterio elusivo de sus orígenes: Isla Paulino, Palo Blanco, 66, Bagliardi, Municipal, La Balandra..., ecos lejanos de leyendas, fantasmas, sucesos y sucedidos. De princesas rusas y Anastasias venidas a menos en la pira revolucionaria de un octubre rojo.

Jirones de costa que atesoran el testimonio de la huella inmigrante por su sílice barrosa. Tiempo de picnics tras el navegar de la lancha o el esfuerzo de la zorrita sobre un carril de acero. Domingos de asado, cerveza, tambores con barras de hielo tapadas por bolsas de arpillera, polcas y valses, acordeones, coros tras la hortensia y risas bajo el techo de sauces llorones. Y a un paso de todo ese bagaje de recuerdos y transferencias de un pasado ubérrimo de sencillas pero gratísimas riquezas, el río, el jovial y temperamental Río de La Plata. Tierra líquida donde muchos aran con los botes sus anhelos de pesca y otros cosechan lo que la evolución biológica ha sembrado con gratuidad y paciencia de centurias: el Sábalo (Prochilodus platensis). Es éste un pez de cuerpo comprimido y alto, con dorso gris oscuro y flancos plateados. Su boca es circular y de labios carnosos, proyectado hacia delante con numerosos dientes en forma de cilios móviles; por este motivo, funciona como un perfecto “chupador” continuo del barro con materia orgánica en descomposición, contenido en los sedimentos de los fondos ribereños (pez iliófago).

Este tipo de alimentación de los limos de la cuenca platense donde habita, es favorable a su especie, ya que llega a poseer buen tamaño -más de 70 cm de longitud-, con carne abundante y grasosa. Por dicho reciclado, se lo considera un eslabón clave en la cadena trófica de los peces de la región -los que tienen otro tipo de ingesta-, purificando las aguas contaminadas. Como recurso pesquero -en Entre Ríos, por ejemplo- su comercialización se realiza en fresco, congelado y ahumado, además de servir para la extracción de aceite y harina de pescado para forraje de ganado. Su captura, de carácter artesanal, se produce con mallones, trasmallos y redes agalleras. En la actualidad, se industrializa su cuero para fabricar zapatos, carteras y otros implementos de uso personal.

Hubo una época en la cual existieron masivas pesquerías en nuestras playas -particularmente en la Bagliardi-, donde una peculiar población a la que se denominó “sabaleros”, moró la faja de saucedal colindante a las arenas del río, abocados al trabajo específico de extracción del Sábalo. Sus casas, de chapa y madera elevadas sobre altos “zancos” -a modo de palafitos-, destacaron con particular fisonomía en el paisaje agreste de mediados del siglo XX. Allí convivieron varias familias que supieron sobreponerse con tenacidad a la furia de las sudestadas, subsistiendo a fuerza de garra, empeño y práctica sabiduría montaraz. Dotados de un instintivo conocimiento de su entorno, lograron “caminar” las aguas playeras con típicos carros de grandes ruedas y baquianos caballos, arrastrando largas y pesadas redes de captura que conseguían encerrar ingentes cantidades de estos peces, los cuales eran destinados al consumo local de al menos dos establecimientos procesadores de aceite. ¡Era maravilloso observar la fortaleza desarrollada por bestias y hombres, en su rudo empeño por llevar a superficie sólida, aquellas masas palpitantes de escamas bregando por escapar de prisión, en borbollones parecidos a un fluido hirviente, todo luz, todo plata...!

Estos luchadores fueron los auténticos “peones del río”, con su veteranía de años y bizarra imagen de músculos henchidos, pantalones arremangados y camisas abiertas a la humedad del viento. Fueron ellos quienes gestaron la estampa que originó un nuevo prototipo humano: el sufrido pescador enfrentando a brazo partido, el oleaje león de un cauce generoso pero a menudo inclemente por su temperamento variable.

Fotografía en sepia del ayer de un Berisso signado por la fortaleza e integridad de cierta raza de habitantes, quienes aceptaron el reto de confrontar con la naturaleza, a expensas de su soledad, salud y existencia misma. Historia bravía de un terruño anclado al corazón del Plata, que supo ser el propio espíritu del agua, acaso enrojecida alguna vez por la pasión de su sangre indómita.


 

 

 
El Mundo de Berisso | www.semanarioelmundo.com.ar | movil: 15 563 9071 | contactenos