Hacia donde el trazo lo lleve. Y hacia donde acepte acompañarlo. En esa dirección irá el talento de Luis Belloro, consumada su decisión de cerrar una prolongada etapa como colaborador del Semanario, cuyo plantel integró por 25 años.

Dueño de un estilo que constituye una verdadera marca registrada y agudo observador de circunstanciales entornos de los que se nutre su producción, el dibujante comparte la máxima que guía a su lápiz: “Esto del humor es muy serio”. Esa es a tal punto su esencia que no necesita anotar la frase en la pequeña libreta -inseparable compañera- en la que escribe palabras que le ayudarán a plasmar situaciones en su tablero.

La puerta grande

El joven Belloro consiguió publicar algunos de sus primeros trabajos en “El Tony” y entró de lleno al oficio por una puerta igual de grande al integrar el equipo de dibujantes de la antológica “Hortensia”, publicación fundada en 1971 por el inspirado Alberto Cognini. Allí compartió jornadas de trabajo con maestros de la talla de Crist, Fontanarrosa y Mordillo, en una redacción también poblada de cuentistas de la talla del ‘Negro’ Alvarez.

“Eran verdaderos aviones. Te digo más, entrar ahí fue como gustar en Francia. Aprendí desde el arranque que el humor es el respeto hacia la otra persona… Yo te ‘gasto’ y si te gusta el estilo, bueno… ahí te empezás a reír vos y con vos todos, pero que nunca sea el revés”, advierte.

Múltiples tesoros, muchos con su firma, cuelgan en las paredes que protegen la mesa de trabajo de la que nacieron temas que deleitaron a los berissenses durante el último cuarto de siglo. Al alcance de su mano, a la izquierda -como si la geografía fuera la del corazón- el dibujante recibe una caricia de Inodoro Pereyra que le dedicó Fontanarrosa.

“En aquella redacción tuve muy buena formación y es lo mejor que te puede pasar”, asegura, aludiendo a la experiencia que representó el paso por Hortensia. “Decía Quino que para un humorista ser lógico es muy malo y yo pienso igual”, desgrana como otra máxima cultivada desde esos años, que aplicaría en su posterior paso por Rico Tipo, Operación Ja Já (publicación editada por Gerardo Sofovich homónima del programa de TV), un ciclo radial conducido por Pinky y la revista Esquiú, que también se nutrieron de su arte.

Sus ganas de aprender -uno de los primeros capítulos quedó completo cuando egresó de Bellas Artes- nunca se circunscribieron estrictamente a lo técnico, más bien se aferraron al aspecto humano. “Trabajé con muchísimos grandes, con tipazos y advertí cómo se veían ellos mismos respecto a los grandes de la humanidad. Eso me fue poniendo dónde debo estar. No es humildad ¡qué va!, no es otra cosa que ubicarse”, reflexiona al ser consultado sobre cómo responde a los elogios que genera su trayectoria.

“Hablar con los grandes, te pone en tu lugar. Una vez, conversaba en la Feria del Libro con Quino y una persona se acercó y le dijo en voz alta que era un genio. El se puso más que colorado… Le dio vergüenza… ‘Genio es Dalí’, le dijo, como diciendo ‘hágame el favor, no me diga esto acá, delante de todos”. De cosas como esas se aprende mucho”, argumenta Belloro.

La admiración por Hermenegildo Sábat se inscribe en un contexto similar. “Yo andaba en la mala, en la muy mala, cuando me presento en sus estudios en la zona de San Telmo. Siendo quién era, dueño de uno de los trazos más admirados entre quienes habíamos pasado por Hortensia, me recibió, me preguntó dónde había trabajado y para sorpresa mía me dijo cuándo quería empezar. Ni siquiera sabía cuál era el momento que yo estaba atravesando. Por eso son grandes”, expone.

Su humildad casi impide saber que se le dedicó un destacado perfil en una obra publicada por EUDEBA que repasa varias décadas de humor gráfico en la Argentina. Lo menciona en voz baja y con velocidad. En cambio, elige quedarse en una anécdota referida a un trabajo que -detrás de un vidrio y abrazado por su respectivo marco- puebla su living creativo.

“Este trabajo -marca con el índice señalando la pared- acompañó a un doctor que fue a hacer la invernada a la Antártida. Es un tema de esquimales, como los que hacía en Hortensia”, describe. El trabajo en cuestión muestra a uno de los personajes diciendo a su interlocutor, habitante de un iglú, ‘Veo que en su casa no tiene baño’. La síntesis de la respuesta es que ‘hay que ser muy macho para bajarse los lienzos a la intemperie’. “Un día este doctor y sus compañeros salen de recorrida y a uno le agarra colitis; enseguida se le vino a la mente el tema y ante la risa de todos dijo ‘como diría Belloro, hay que ser muy macho’”, narra.

Otro rincón de la geografía argentina le resulta igual de entrañable. Se trata de Zapala (Neuquén), en donde una escuelita-rancho lo tuvo como maestro ‘a la distancia’. “Esto si que me gustó”, sostiene. “La oportunidad me la dio el programa Historias de la Argentina Secreta; pregunté cómo podía ayudar desde acá a que los chicos hicieran dibujos, crearan. Así me vinculé con la escuela. Pedía materiales a gente amiga y se los mandaba por correo. Me sentía útil, fue espectacular, lástima que tuvimos que cortar porque alguien en el trayecto se afanaba los materiales”, relata.

Un episodio de aquella aventura permanecerá imborrable en su memoria. “Un día, en un cuadernito muy prolijo, los pibes me pusieron ‘Profe… tenemos tobogán’. Yo estaba muy contento. En eso veo que la directora me dirigía unas líneas en las que me daba más detalles. El caso es que un señor les había regalado una ternerita: se subió uno, después otro y cuando se subió el tercero, la ternerita cansada se sentó, y ahí el tobogán. Aunque quisiera no podría olvidar eso”, evoca.

A su familiaridad con redacciones y su particular experiencia docente, Belloro sumó en los últimos años un aporte a publicaciones científicas. El resultado puede disfrutarse en el trabajo “Cómo entender a los locos de los psiquiatras”, del Dr. Gustavo Delucchi, ilustrado por su ingenio y su lápiz. “Es una veta muy interesante; hay que leer mucho para relacionarse con la temática”, dice al respecto.

Observador de lo cotidiano

El ojo gobierna la mano y ambos actúan conforme a lo que manda el corazón. Nacido a dos cuadras de la cancha de Huracán, en Capital Federal -aunque asumido pincha ‘desde el vamos’- Belloro sostiene que disfruta mucho caminando por las calles de la ciudad y descubriendo lo que tienen para mostrar. “Me gusta caminar en Berisso. Es ‘pueblo’ y la gente de los pueblos tenemos tiempo de contemplar personajes, que no habitan sino donde hay tiempo para ellos”, razona.

Enseguida, llega la referencia al popular Siete Sacos. “Yo le digo Veintiocho Bolsillos: tiene tanto amor encima que de otra forma no tendría donde ponerlo. Se habla de una historia detrás de su figura, no la desmiento. Creo, como cosa mía, que con él, el cielo se equivocó. Hay tanto dolor en su figura y en sus ojos fijos… como si te preguntara por qué él…”, comparte. “Se me hace que no camina solo, que cuando baja del puente va apartando las piedritas para que no se metan en las sandalias de su acompañante, que intenta explicarle no sé qué cosa que nunca entenderá”, completa.

A la pregunta de si es un hombre de fe, que sucede a la metafórica alusión a la figura de Jesús, responde con seguridad en la duda. “Me gusta hablar con Cristo, dibujarlo. Claro que a los curas los cargo. Como que en algo tenés que creer. Tengo un Cristo hecho con plasticola negra, un cura brasilero vino y se lo quería llevar. ‘Ése es Cristo’, me dijo. Y yo qué sé como es…”, sonríe.

Desde hace unos cuantos años, sus trabajos publicados en estas páginas llevan como un sello la leyenda ‘¡Dale Dios, dale!. “Es simplemente una expresión de aliento. Una vez estuve un par de semanas sin ponerlo y una persona me planteó por qué. Le pregunté si le hacía bien leerlo, dijo que sí y volví a incluirlo”, cuenta.

En buena medida -explícita o implícitamente- su producción se nutre de lo que le inspira gente sencilla y valiosa con la que le gusta estar. “Soy amigo de un tipo que fue con sus perros a mi casamiento y me esperó en la puerta. Cuando salí, me abrazó y me dijo ‘que Dios los bendiga’. Yo siempre le prestaba un peso y le pedía que lo anotara, diciéndole que mañana por ahí él encontraba un billete y quién sabe dónde habría ido a parar yo”, relata.

No falta la alusión a ‘Gelatina’, un chico ciego que hacía música con un tachito en las calles de Mar del Plata. “Es un amigo que me mata de amor. Yo me paraba y le echaba más monedas… le decía ‘¡dale gelatina!’. Ahora cuando fui lo encontré, hecho un mozo, me acerqué y le dije ‘hay un señor famoso músico, al que le decían gelatina, ¿no sabe por dónde anda?’... ¡El abrazo que me pegó!... Me hizo llorar. ¿Vos sabés?…”, comparte.

En las sierras cordobesas también tiene aliados. Entre ellos un vendedor de pastelitos que imita como nadie el sonido de los pájaros y que cada vez que lo encuentra le pide anécdotas de los años de Hortensia.

De local

Su fecundo paso por el Semanario generó admiración entre una multitud de lectores, algunos de los cuales fueron recortando sus temas para dar cuerpo a colecciones particulares. “Pasaron 25 años desde que le tiré unos temas a mi primo Pomi -Horacio, uno de los fundadores del periódico- que vino de visita sin saber que yo ya estaba metido en esto”, repasa, refiriéndose al origen de su vínculo con el medio local.

“Son muchos años sin una sola queja, al menos sin que me llegue”, continúa, amparado en sonrisa y guiño. “No digo que lo mío guste, pero no ofendí a nadie. Por ejemplo, yo dibujo señoras ‘gorditas’ y no se me enojan. Me preguntan por qué lo hago. Es simple… me gustan las ‘gordis’; en una comida los gordos están de fiesta, le brillan los ojos… al flaco le queda mal comer”, sintetiza, mientras revela que en ocasiones, los globos a través del que los personajes se expresan son reescritos más de dos, tres y cuatro veces. “A veces la cosa no sale, hasta que sale sola”, bromea.

A pesar de lo prolífico de su producción, se cuentan con los dedos de una mano las exposiciones que aceptó montar. “Me preguntan por qué; lo que pasa es que me da calor… Una vez, Carlitos Delle Ville gestionó una exposición acá en el Banco Provincia. Él llevó y colocó los cuadros. Yo entraba al banco a cobrar y rajaba… no sé, son maneras de ser…”, confiesa.

También recuerda una exposición en Córdoba y especialmente una en la Biblioteca Nacional. “Ahí entendí que España nos dio la guita para terminarla, por lo que no hice una sola joda a los gallegos; para mí era como faltarle el respeto a quienes nos dieron un pedazo de cultura”, asegura.

Atribuye al Semanario (‘para mí siempre será el diarito’, expone en tono cariñoso) la responsabilidad de haberlo hecho ‘conocido’ entre los suyos. También recuerda con afecto su experiencia en la TV berissense y su paso por la revista “Dando la Nota”, que años atrás editara FM Difusión.

De todas formas, observa que cuando tiene que responder a pibes que le piden consejo, la recomendación es traspasar fronteras. “Acá somos todos Gardel, menos para cantar”, arremete. “Es bueno recorrer lugares, mostrar lo que uno hace a otra gente, a ver qué pasa”, añade.

Con todo, la localía es un sentimiento del que no puede desprenderse, sobre todo porque locales son en buena medida sus afectos. Es en estas coordenadas del universo donde, por ejemplo, espera la llegada de cada nuevo día con su querida Elsa. Y también donde comparte la ronda de amigos de los viernes. “Nos encontramos en La Estancia todas las semanas. Son personas que me ayudaron a salir de malos momentos. Empecé a ir porque me venía a buscar uno, todo corazón, que se ponía a llorar en la puerta preguntando por qué no lo acompañaba, que él quería ir conmigo”, comenta, los ojos poblados de ternura.

Para la inevitable pregunta final, no tiene por el momento una respuesta puntual. ¿Dónde dibujará ahora Belloro?. Tal vez sea en el sitio hacia el que el trazo lo lleve. Y hacia donde acepte acompañarlo.

 

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