A yuyo del suburbio

Desde hace algunas semanas, los vecinos de Berisso venimos observando la presencia de varias personas portando sendas cortadoras de césped -impulsadas a combustible-, que recorren las veredas en procura de extirpar los yuyos que involuntariamente o por desidia, los frentistas han dejado de atender. Preguntados al respecto, aseguran ser partícipes del programa municipal que procura mantener limpia la ciudad.

Si atendemos el hecho puntual de asistir al "rasurado" del embaldosado público, se hace necesario reconocer que en muchos sitios, particularmente sobre viviendas abandonadas, sin ocupar y algunos pocos baldíos, pueden verse malezales de amplia extensión y profusa diversidad vegetal, a tal punto que impiden el transitar de los paseantes, siendo eventuales refugios para bolsas de desperdicios y otros objetos "non sanctos", que el facilismo de algunos contribuyentes deposita con maravillosa liviandad.

Es agradable contemplar toda una cuadra con el arbolado completo -¡oh, vano sueño!- y sus cazuelas y macetones despejados de pasto. Se hace inevitable pensar, entonces, que a la estética propuesta por tal observación, se añade el concepto de gratitud implícita por el grado de limpieza, orden y respeto a la dignidad humana, derivados de una loable gestión comunitaria. Empero, a la novedad de esta idea, deberá sumarse continuidad en el tiempo, esperando -asimismo- que prenda este ejemplo en el ánimo de vecinos olvidadizos u "holgazanes" en sus deberes solidarios con el pueblo del que forma parte insoslayable.

No todo depende de los funcionarios municipales, pese a que muchas veces los critiquemos con justificación.

.Y más allá la inundación

Nuevamente hemos sido castigados con las aguas del río. Otra vez el fluido leonado superó los límites de su altura máxima y penetró con descaro los montes ribereños, avanzando a través de calles y avenidas para ingresar en las viviendas. Para desgracia de sus moradores y el consecuente auxilio de las fuerzas vivas.

Una vez más y van. Flujos y reflujos que dejan huellas en el dolor de los habitantes, sus pertenencias y el subsiguiente desconcierto por lo que pueda venir. Es la historia misma de Berisso, su locación costera y la dependencia al "estado de ánimo" de la sudestada, el tan temido viento fuerte con rachas huracanadas que azota con regularidad las costas del Río de La Plata.

Pero, ¿cómo podemos evitar la repetición de estos sucesos que marcan la memoria social de nuestro pueblo y dejan hitos indelebles por algunas famosas fechas -la "creciente del 40", por ejemplo-. Tarea ciclópea, por no decir técnicamente imposible o mejor aún, económicamente improbable, de acuerdo a las despobladas arcas del erario público.

Podremos esbozar los rudimentos de una valla contenedora, cual es la compuerta en el canal Génova, o suponer la construcción de un terraplén costero, de tal a cual punto de la ribera, o aún mejor, pensar en altos diques que rodeen por entero la urbe berissense, ejemplo onírico de cualidad holandesa. Sin embargo. ¿se puede domeñar el agua, a tal punto de impedirle su "libre determinación", ajeno por completo a nuestras necesidades de habitabilidad?. Bien sabemos, a nivel familiar, cuanto cuesta controlar la simplicidad de la "humedad" que sube por las paredes y se infiltra en rajaduras, o la lluvia que campea en nuestro cielorraso, atravesando clavaduras, sobrenadando canaletas, rebasando desagües, apareciendo en los lugares más ignotos e inesperados de nuestro hogar.

¿Y cómo saber con exactitud, donde cortar o frenar el desplazamiento natural del agua a través de arroyos, canales y sangradores, sin ocasionar daños ambientales de diversa índole, tan dispares como críticas a la salud poblacional y de la naturaleza silvestre aledaña, de la cual somos interdependientes?.

Es inevitable pensar en soluciones o paliativos. Ello es comprensible para quien sufre las consecuencias. Pero también, es viable razonar por otros senderos de conducta social o quizás seguir viviendo adaptados a los avatares de lo que en suerte nos ha tocado en materia de clima.

En última instancia, ante cualquier cambio que ejecutemos a espaldas de la naturaleza -y no ya por su flora y fauna, solamente-, debemos mensurar los pro y los contra de tal actitud. Los remedios pueden resultar más peligrosos que la enfermedad misma. Y tal vez de consecuencias irreversibles.

 

 


 

 

 
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