Cuestión de gomas

Con un poco de inquietud, sabiendo hurgar en las "pequeñas" cosas que discurren en nuestro pasar por las veredas de la ciudad, podremos observar -a poco palmos de las baldosas-, un territorio de reducidas protuberancias que con el tiempo dan lugar a extravagantes cordilleras en miniatura. Sí, en efecto. Tales singularidades provienen de la capacidad humana en insultar el entorno con cuanto tengamos a mano: papeles, envases de PVC, bolsas de polietileno, "puchos", tapitas de botellas y toda una cofradía de integrantes a cual más peculiares en su composición, formato y tamaño. En este particular caso, los montículos en cuestión provienen del masticado, degustado y posterior arrojo -ya agotado su azucarado contenido- de lo que se ha dado en llamar: goma de mascar -el nunca bien ponderado antaño "chiclets Adams", hoy modernizado con variedad de nombres, sabores y procedencias-.

El chicle, palabra de origen nahua -antiguo pueblo precolombino que habitó Centroamérica, en particular México-, es técnicamente la gomorresina obtenida del látex del Zapote -árbol de unos 10 m de altura, de la familia de las sapotáceas-, mediante incisiones efectuadas a lo largo de su tronco. Tal cual es su traducción de aquella lengua -del verbo tzic , estar pegado, detenido-, dicha propiedad se da cita a la hora de su inutilidad gastronómica, confluyendo a las veredas de los frentes domiciliarios -cuando no a sitios más inverosímiles y molestos al comportamiento social- cual valor agregado al esquema de ciudad poco aseada, tal como se viene observando a diario -sin entrar en detalles-.Y, curiosamente, su abundancia está en relación directa con la proximidad de escuelas, a su vez en estrecha ligazón con quioscos cercanos. Tanto más indaguemos en la circunscripción de nuestros hogares, más notaremos su presencia en las moldura de las baldosas, pisoteados y conformando una suerte de "represas" donde el agua de las lluvias encuentra freno en su camino a la calle.

El número de tales "pegotes", puede superar la imaginación más fértil. Tan solo en una ocasión, contabilicé en mi propia vereda hasta ¡72! chicles distribuidos al azar por sus temporales comensales, niños y adolescentes que han disfrutado un placer netamente americano. Aún frescos, ellos acompañarán al transeúnte en su deriva por las calles del pueblo, "engomando" las aceras de los vecinos o quedando en la suela de zapatos y zapatillas, para divertimento de aquellos que deban desprenderlos.

Un simple aspecto de un Berisso que también se recrea en la obviedad de llamarse a mirar los menudos mundos de nuestro transitar.

DE TU BALCÓN SUS NIDOS COLGARÁN.

Antigua y bella poesía, por obra y gracia de Gustavo Adolfo Bécquer, trasunta la realidad de un ave que ha echado hondas raíces en nuestra ciudad. Estamos hablando de la Golondrina Doméstica ( Progne chalybea ), la de elegante manto negro-azulado, vientre blanco y pecho ceniciento, especie de la categoría B, es decir, que nidifica en Argentina en primavera y verano, migrando en otoño hacia el norte. En este caso, nuestra dilecta visitante se traslada en la época fría hasta Centroamérica, donde transcurre su invernada y a la vez, período de reposo sexual.

Por setiembre de cada año llega a Berisso en importante número, comenzando a rondar con diestros y acrobáticos planeos, todos los rincones de la ciudad; procura así hallar huecos y resquicios donde anidar.a falta de balcones. Y con una lluvia de gorjeos -casi juegos musicales-, recrearán nuestros sentidos en forma incesante, mientras dure la luz o incluso incentivado cuando el atardecer, anticipando una tormenta subtropical, se llene de insectos voladores a los que dará caza para engullirlos con su amplia boca a modo de pala colectora.

Elegido el lugar para nidificar, acarrearán plumas y briznas de pasto en cantidad, creando un mullido lecho de incubación para albergar de 3 a 5 huevos blancos. Los veremos entrar y salir en forma constante, aún más al nacer sus inermes crías, para llevarles entre ambos, infinidad de mosquitas, moscas y cuanto artrópodo menudo cruce el cielo. Su rápido crecimiento y el instante de asomar al borde del vientre nidificatorio, prestos a volar cuando sus mayores consideren el momento preciso, podrá ser observado y oído por el circunstancial transeúnte, ya que sus chillidos insistentes -con picos abiertos mostrando un paladar naranja- darán que hacer a ambos padres, motivándolos a llevarles más y más alimento.

Tal vez, nos "intimarán" con algún vuelo rasante sobre nuestras cabezas, conocedores de la capacidad de rapiña de la raza humana. Más, no debemos temer. Ellas son, sencillamente, grandes colaboradoras de la sanidad e higiene de los espacios urbanos, al consumir enorme cantidad de insectos, controlando su población en forma de eficaces "insecticidas" naturales.

Y otra nueva generación de golondrinas volará por América. Junto a sí, llevará implícito un mensaje, al mostrar en su paso por tierras extrañas, la proverbial hospitalidad del pueblo berissense.

 

 

 

 

 


 

 

 
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