Y primero fue la semilla…

Era casi un acto reflejo o tal vez puro fervor deportivo. Y aún, compartía una dosis elevada de carácter místico, ¡vaya a saber de qué antigua y encriptada filosofía oriental!. Pero lo cierto fue que, a diario compartíamos similar ritual al término de la escuela, lejanos en el tiempo y la distancia de cualquier otra obligación en el hogar. Con veinte “guitas” lo comprábamos. Allí, en el quiosco de Lucas Skikas, en la vieja casa de chapa de Marino Rigo o bien, en cualquier expendio de golosinas cercano al cine Victoria, tras la matiné de aventuras que la niñez de Berisso supo vivir con pasión.

Invariablemente, el quiosquero abría el envase de chapa -ex galletitas Canale-, metía la mano con la medida adecuada y en un santiamén la extraía rebosante y apetitosacon aquel manjar crujiente y oleoso, panacea de nuestra edad y fortuna. Como previamente había hecho con habilidad de años, un cucurucho con papel de diario, aquí derramaba con rumor de seca cascada, el fragante contenido atrapado en aquel arcón de la delicia. Nuestras manos temblaban de emoción y premura al recibirlo a cambio de las monedas. Luego,... a volar al rincón de nuestros deseos cumplidos.

Las semillas de girasol o simplemente “semillas” -no hubo necesidad de agregar el origen, ya que su abstracción era de todos conocida-, se constituyeron en una suerte de alimento imprescindible en el menú joven de cada jornada. Se consumía en insatisfechas cantidades con irrenunciable afán que todo lo transgredía: horarios, lugares y eventos. ¡A tal grado llegaban nuestros inflexibles hábitos de ingesta oleaginosa, que fuimos tildados de personas-no-gratas por los desechos generados a nuestro alrededor...!.

Una vez compradas, podían ser ingeridas desde su envase en mano o bien ir a parar a cualquier bolsillo -siempre y cuando no tuviese un agujero-; en este caso, su utilidad era manifiesta al momento de tener que caminar o correr, toda vez que uno podía toparse con alguna barra rival en barriada ajena. En su forma pasiva, cualquier esquina era indicada, máxime si en ella había alguna casa amiga o institución con bordes de ventanales disponibles para apoyarse y así fungir por extensos lapsos, la buena e inocente amistad de un tiempo de pantalones cortos.

No obstante, fue menester la ocurrencia de cierta habilidad o “cancha” -casi una marca de identidad berissense- para comer con fluidez y pericia asombrosas cantidades de semillas, como era lo habitual en tales reuniones de amigos y compinches de cuadra. Dos técnicas eran las empleadas. Una, consistente en aproximar la semilla hasta los incisivos, manteniéndola entre el pulgar y el índice, para ejercer presión dental hasta producir la rotura de la cáscara; después, con la lengua “atrapar” el carozo para convertirlo en agradable pasta, tirando los restos al suelo. La otra forma era más compleja y propia de muchas “horas de calle” y “sabiduría molar”: la semilla era arrojada a la cavidad bucal con un trazo calculado a partir del hábil balanceo de la mano -repleta de ellas-; al ingresar, las muelas la atrapaban “al toque”, manteniéndola vertical -el polo ancho arriba- con ayuda de la lengua. De inmediato, era estrujada con rápido y breve movimiento maxilar, dejándose oír un seco estallido al abrirse en dos valvas, las cuales eran expulsadas casi al mismo tiempo del ingreso de otra semilla. Vaivén, captura, apertura, molienda y salida, se ejecutaban sin solución de continuidad. Una perfecta combinación, una máquina de triturar maravillosamente “aceitada” que funcionaba acaso por horas, en tanto durase la provisión en cucurucho o bolsillo...

La quietud en la postura de los comensales, generaba al pié, una auténtica alfombra de cáscaras abatidas, con un hueco de limpieza allí donde reposara el “tractor mandibular”... Esta fue la razón por la cual era mal vista esta costumbre en los cines Victoria y Progreso. Se recuerda a los acomodadores e incluso a los mismos Leveratto, buscar, linterna en mano, a los autores de tales desmanes para echarlos del local. Ellos, en tanto, se habían cambiado de lugar para proseguir la masticación en las tinieblas más densas, riendo por lo bajo.

El pasar de los años y la aparición de nutrida variedad de golosinas, hizo que paulatinamente esta experiencia de consumir semillas de girasol cayera en el olvido. No obstante, desde el momento en que se “exportó” a La Plata y gran Buenos Aires -donde se las denomina “semillitas”- esta práctica de origen inmigrante, se instaló nuevamente, si bien adaptado a factores de comercialización modernos, entre ellos el agregado de sabor salado y distribución en bolsitas de polietileno selladas, con el adecuado registro de marca y autorización bromatológica.

Aquellos niños que alguna vez habitaron esquinas sembrando el piso con el rumiar de sus pensamientos golosos, hoy añoran risueños la buena ama de casa, que, escoba en mano, barría a la calle tantos proyectos y anhelos convertidos en cáscara.

Al fin y al cabo, solo simples sueños que el viento dispersó...


 

 

 
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