Un rostro en la muchedumbre

El Berisso histórico se gestó a partir de un incipiente caserío en la loma del albardón costero, sobre el cual, hoy en día, se expande la traza de la avenida Montevideo, territorio firme en medio de frágiles cañadas, pajonales y extintas selvas marginales. El primitivo núcleo poblacional se constituyó con las rústicas viviendas obreras agrupadas en cercanías del Saladero San Juan. Propiedad de criollos descendientes de españoles y también de indígenas, estas casas fueron multiplicándose a medida que la industria prosperaba, a pesar del medio agreste y relativamente inaccesible en el que fueran levantadas. Aquel entorno inhóspito, contempló los primeros rostros de nuestra heterogénea identidad ribereña: tez blanca oriunda de España o cetrina, producto del amalgamado de dicha nacionalidad con la sangre aborigen. Ambos de ceño adusto, martillados en el yunque de los rigores, la reciedumbre del trabajo, las limitaciones económicas y la simplicidad del rudo placer. Nuestra ciudad creció a expensas del esfuerzo de sus brazos, el ardor bravío de su parda mirada y del colorido de su pellejo primordial que no transó con el río y sus desmadres, aguantándolo a pie firme. Tiempo de hombres guapos tejiendo civilización.

Luego, llegaron otros. De piel trigueña, cabellera blonda y un suave cristal en el espejo de sus celestes ojos. El adalid amerindio amaneció cierta jornada -en las postrimerías del siglo XIX-, con el desembarco desde nuevas y acorazadas “carabelas” de metal, de hombres y mujeres portando arcones, valijas de cartón y un bagaje ecléctico de ropaje pobre, acaso rico en el capítulo inicial de su anclaje soterrado y caviloso. Tal vez dolido por los mil rumbos que el destino les sobrevino a su voluntad de permanecer. Unos y otros confluyeron por el lenguaje de la comprensión, queriendo allanar el terreno para convivir, manteniendo la similitud de usos y costumbres mediante una sencilla fórmula: aprender del vecino parte de su habla y sabores, respetando su intimidad étnica y religiosa. En este contexto, la génesis de una nueva comunidad se hizo evidente. El germen del berissense de hoy, a partir de un puñado de sal nativo y pan de centeno europeo, se hizo sabroso manjar, aderezado con los mejores ingredientes y salpimentado con ingenio y trajín.

Transcurrió el siglo XX entre avatares y sincretismos sociales. Cierta clepsidra -muy de antaño- se hizo digital, llevándose de igual modo a los hombres y su historial, sin pausa ni razones. Hasta arribar a nosotros para enrasarnos con su misma medida y tribulaciones. Los inmigrantes marcharon al silencio, al noble laurel de la nostalgia, dejándonos los avíos de su alma, enseñanzas y el patrón genético de su raza. Herencia que aún hallamos en los semblantes, a pesar de la multitud y la vocinglería de nuestro tránsito mundano. Entonces, ¿cómo no reconocer en esa niña que juega, la rubicunda mejilla eslava y la tersa seda de su piel, propia de una lejana tierra de nieves? o ¿cómo ignorar en aquella adolescente la profundidad almendra de sus ojos -pintados a grandes rasgos sobre la pátina bruna de su cutis-, el atributo del terruño árabe...?. Tal vez, en la fornida y elevada estampa de aquel muchacho, ¿no observamos la milenaria nación lituana, serbia o eslovaca?. Acaso, en los rasgos de un perfil, ¿no intuimos el cálido hálito mediterráneo del italiano, griego o español...?. ¿No nos asombra admirar en la rubia cabellera de sus hijos dilectos al paciente pueblo polaco o en los rasgos delineados de una mirada adulta, atisbar los briosos jinetes cosacos del espíritu ucraniano?. Quizás, por el recorte fisonómico identifiquemos al pastoril abuelo búlgaro o a una tierna abuela armenia trenzando lana. Y..., ¿no es grato escrutar en su tez pecosa y pelirrojo pelo, la convicción de la estirpe hebrea...? o a través de la lozana juventud y humilde orgullo de una criatura de dorados rizos y pupilas añil, ¿no nos llega el recuerdo de una aldea alemana reposando en la pradera...?. ¡Hay mucho por mirar y tanto para reconocer!.

Berisso deja fluir con placidez de ancho río, la sangre multirracial de la cual se nutre. En sus retoños se renueva la presencia de los orígenes, la llama que prendió la hoguera de la identidad. La misma que hoy nos ilumina y que se refleja en los versos finales del libro LITUANOS EN BERISSO de Ana P. Semenas, Stella M. Borba y J.F.K: “Ellos ya no están. Se fueron por el tiempo como flores de raro perfume que las horas amenguan y los años olvidan. Alguna vez caminaron juntos, siendo luz, para buscar el horizonte. Solo quedan juveniles risas de piel muy blanca y lozana. Cabelleras de trigo que mece el viento al correr. Pupilas que conservan antiguas tradiciones. Hijos que huelen a bosques. La dulce espera de los nietos. Semillas de patria extranjera”.

 

 

 
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