Fantasmas del ayer

Según dicen, los fantasmas no existen. Sin embargo, allí están: en la literatura, en las leyendas, en los cuentos de fogón, en toda reunión nocturna con narradores de mendaz locuacidad. En el enigma de los tiempos idos y jamás recuperados por la conciencia lúcida. Suelen tener forma pese a su inmaterialidad. Se les atribuye el uso de una prenda blanca, quizás una suerte de ramplona sábana, con la que parecen desplazarse a centímetros del suelo, en silencio u ocasionalmente con un arrastrar de cadenas, mientras dejan caer a despecho de sus oyentes, un ululante clamor de ultratumba... ¡Íconos del terror urbano que la tradición de antiguos pueblos dejó por herencia a una humanidad atribulada!.

Con escasas excepciones, culturas y sociedades de toda era, justificaron sus pasos por la historia de la fantasía con semejantes deidades procedentes del más allá. Almas en pena y engendros surgieron después, como extracto o síntesis de aquellos prototípicos duendes de iridiscente presencia y volátil insubstancialidad. Cuasi historietas de distribución periódica, irritantes mitos de febriles mentes con ardorosos devaneos creativos.

Gran parte de esa cáfila de amorfos seres, sucumbieron a la racionalidad del materialismo de nuestro ciclo cibernético. Otros, en cambio, se adecuaron a la modernidad, para adoptar distinta apariencia y otros gestos, acordes a una certidumbre tecnológica teñida de permanente irracionalidad, asumiendo múltiples apelativos: hambre, guerra, genocidio, discriminación racial, violación, sida, gripe aviar... ¡y tantos otros ropajes ajados y sucios para exhibirse en el escenario de la vida...!. Algunos de ellos, no obstante, subsistieron en las penumbras, recluidos en la soledad de antiguas casonas, al amparo del secreto y la comprensión de ser ignorados.

Simples en su confección, modestos de porte y silueta, apenas discernibles en el conjunto elemental de los objetos que han quedado relegados por el volar de los años, sus huidizas figuras moran aún el mundo de las conjeturas, prisioneros de la propia temporalidad de las casas de chapa y madera de un Berisso de antaño.

Elusivos por naturaleza, estos espíritus hogareños recorren con singular pervivencia, las habitaciones que alguna vez los vieran caminar con asiduidad en su terrena existencia. Meros duendes callados, quizás imágenes de un balbuceo nunca exhalado, forman parte de la vivienda desde el origen mismo de su construcción, cuando sus brazos eran todo músculos, toda pasión por ser y desear. Por crecer y multiplicarse. Personas de otro siglo que cierta vez llegaron sobre los mares para volvernos hijos y padres, su misma sangre advenediza. Su propia voz para continuar la profecía por la cual emigraron: paz y bienestar para sus descendientes.

Su esencia es tan tenue, que solo persisten por voluntad ajena. Son escamas de longevidad que van cayendo al vacío para nutrir la posesión de las cosas idas, la ausencia que siempre pende de la materia como de las ilusiones que genera. Quizás se expresen en forma de un débil crujido en el maderamen machimbrado o en un sutil rasguño en el entretecho, como queriendo convencernos por su ambigüedad, de ser la huella discreta de algún errabundo insecto. Pero no. Ellos permanecen ahí, en silente vigilia, cuidando las horas de gracia de su morada, propietarios de la serenidad y artífices de lo eterno. Usuarios de un viejo almanaque de almacén que van pintando de amarillo con infinidad de minutos.

Por sus cuartos de pinotea, deambula la madre que acunara el tierno retoño, cocinara los vareniques más sabrosos que solían llenar con aroma de tocino cada resquicio del hogar, que frotara mil veces con Brasso el esmerilado bronce del Primus , lavara en el fuentón de lata las prendas de la familia y llorara la partida última del paisano aquel, que junto a ella viajara allende su patria, recalando en las callejuelas de Dock Sud... Ellos no se han ido, solo sus cuerpos de carne y hueso. Han quedado con cada página de sus biografías, indeleblemente unidos a la historia de la vivienda. Cada madera y metal que conforma la trama útil donde escribieron su epopeya, atesora esos instantes con indecible fidelidad, suma de registros sonoros calada en las entrañas de las paredes hasta que la voluntad del fuego o el desarmadero lo requiera.

Tales casas parecen abandonadas, desiertas. Esqueletos del pasado que se niegan a partir al océano del olvido. Tras sus puertas con candado, sin embargo, vagan fantasmas amables, espíritus en tránsito a la espera de su destino: morir en aras de la realidad, dejar de ser para integrar la memoria colectiva, la crónica de un pueblo que alguna vez cobijara en su seno la riqueza étnica de una Europa dolorida. No hay en su interior ningún espectro maligno, ni tan siquiera un rostro cerúleo mirando por la ventana para horror del paseante. Son, apenas, resabios de una edad, recuerdos gratos de padres y abuelos, de hombres y mujeres que nos dieron vida, sentido y razón. Cálidas sombras que susurran a nuestros sueños de niñez y adolescencia. A sus propios hijos y nietos que resguardan la nostalgia.

Allí quedarán, en tanto existan aquellas casas queridas. Donde aún resuenan nuestros juegos infantiles y el sol de la tarde declina con languidez sobre sus techos de oxidados parches, para dejarse dormir -ellos también- con la tibia lumbre de las estrellas.

Y quizás, de alguna luciérnaga fantasmal.

 


 

 

 
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