Preludio a la siesta de un pueblo

Avanza la tarde en la tórrida golosina del verano. El viento reposa en un olvido distante, dibujado bajo las hojas mustias y calladas de la floresta urbana, grotesco recuerdo que alguna vez trajera mangas de libélulas junto a un pampero de antaño. El asfalto cruje con ronquera mineral, pavura de fuego que surte de llagas la piel de las calles. En la ansiedad de las horas, los transeúntes escapan por la tangente del tiempo; un automóvil resuella su calor de goma y nafta. Berisso se esconde en sí mismo, arrinconado por tímidas sombras y gente anónima.

Casi es silencio, si no fuera por la chicharra, impúdico micrófono abierto por un descuido eléctrico. Casi es vacío, de no estar las casas en un abandono de veredas con baldosas derretidas, náufragos del clima en la rotura del almanaque. Con sabor a miel silvestre, el aire contiene su respirar, con expectante obediencia a la ruta del sol, inmutable bronce suspendido sobre la inmensidad de un hormiguero dormido. Tras la unción del vino, el caserío se aletarga.

Muy por encima, el cielo se ha graduado de purísimo añil, pátina refulgente sobre el cual navegan aburridas nubes con benigna nostalgia marina. Tanta paz para soltar en vuelo campanadas de insonoridad con badajos de algodón. Un punto, ínfimo como la tilde de una escritura, resbala en la plana marea del horizonte, rayando con delicados círculos la virginidad celeste. Va creciendo por segundos al ascender el domo cenital, sin cesar con sus vueltas en torno a la intención del viaje. En el límite de su escalada, abrasado de sol y esponjoso de plumas, decide gozar un minuto de gloria, para reír con carcajada felina. ¡Centelleo sonoro, el grito restalla inclemente, casi cruel en la hora dormida!. Es la voz áspera de la espesura marginal, acidulada como la uva chinche fermentada en cubas de roble o tan agreste como la corteza ajada del sauce al morir en lonjas de leña...

Vueltas y vueltas, con modulado planeo errático, va nadando en blandos ríos de aire para chillar sus amoríos, himno mordido de penas y anhelos. De ausencia y alegrías. Así, el Taguató Común (Buteo magnirostris ) celebra sus esponsales con la luz, empapándose de ardores en mitad de un enero turgente. Es el misterioso genio que acude al frotarse la lámpara del estío, aquel que yace en el poblado de la floresta, allende los techos, amo del aura pero manchado de tierra.

También llamado gavilán ribereño, este rapaz es un producto original de los bosques húmedos que acompañan los grandes ríos y arroyos de nuestra Mesopotamia y en general, del norte argentino, allí donde haya arboledas selváticas en los cuales cobijarse. No obstante esta fidelidad a los ambientes boscosos, prefiere habitar sus bordes, desde donde deriva a las sabanas arboladas próximas. En nuestra región, puede ser hallado -nunca en abundancia- en los montes de saucedales costeros y en los talares colindantes, tan cercanos a nuestro núcleo población, que es frecuente observarlo en vuelo alto sobre las viviendas y su gente, como a tantas otras aves que también las atraviesan en sus periódicos desplazamientos o migraciones, tanto de día como de noche. El taguató es un personaje por sus propias características y un símbolo del paisaje ardiente del verano, avezado centinela del verde territorio berissense.

Algo robusto, de unos 34 cm de longitud, posee alas de formato redondeado con una notable mancha canela con puntas negruzcas y típico capuchón oscuro, principal diagnosis para identificarlo en el espacio. Vive solitario hasta la época reproductiva, período en el cual forma pareja para construir nido en la cima de algún árbol elevado, dentro de la maraña. Pone hasta tres huevos blancos salpicados de castaño; la incubación demora entre 21 a 27 días.

Su dieta básica consiste en insectos diversos -grillos, libélulas, orugas, etc.- pero particularmente langostas que toma en el suelo como en las frondas; además, preda arañas, anfibios -ranitas de zarzal y sapos-, roedores campestres e incluso peces -mojarras-. Suele permanecer buena parte de su jornada activa, erecto y vigilante en la copa de árboles altos, a menudo confundido entre el follaje, observando los alrededores en procura de presas. Incluso, permanece así en cercanías de caminos rurales, donde es más habitual la aparición de ratones de campo. Cuando echa a volar, lo hace con rápido batido de alas, intercalando breves lapsos de planeo; tal su fácil reconocimiento respecto al Chimango, éste de vuelo más lento y como a desgano, sin mediar pausas aéreas. Por otra parte, es bastante desconfiado a la hora de no permitir la aproximación de humanos a su percha de descanso, huyendo a horizontes más seguros según su propio esquema de seguridad.

Es esta misma ave la que inaugura la tarde veraniega, precursora del ocio y domadora del sueño. Allí, donde la temperatura se desbarranca en bochornosos espejismos de agua flotante, allí donde convergen las horas muertas hacia una calígine inclementemente azulina, aparece su arisco maullido rasgando la atmósfera de nuestra aldea obrera, para descorrer las sábanas al sosiego. O a la pasión.

Arriba, por encima de toda felicidad y dolor, borracho de sol, grita su enjundia de vida el taguató, amo del calor y anfitrión de los párpados con arena.

Tras su ausencia, al impregnar de silencios los giros de su marcha, la soledad desciende.

La siesta expande su rumor de sordina.

 


 

 

 
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