Vivir con altura

Berisso atesora viejas casonas de material, construidas en períodos beatíficos de nuestra mejor historia laboral, cuyas altas y robustas fachadas asoman en tramos de la avenida Montevideo, la calle Nueva York y otras añejas arterias de esta siempre interesante comunidad. Sobre las mismas, en letras de cemento, aún figuran los nombres de sus responsables: arquitectos, ingenieros y maestros mayores de obra, que supieron plasmar las modas imperantes en la época, otorgándole al futuro, un retrato de gustos y prácticas que definieron el comportamiento de aquella sociedad.

Con seguridad, muchas veces habrán pasado a su lado en cotidianas marchas por compras o " mandados " y quizás las hayan observado en algún momento o tal vez -con mayor probabilidad-, se acostumbraron a ellas, como un elemento inerme y natural del paisaje pueblerino. Simplemente, allí están, incólumes en su derrotero por los tiempos, oscuras del hollín céntrico, las bacterias y los hongos, pero aún aristocráticas en su concepción artística.

Para quien busque regodearse con la belleza creativa de sus elaborados frontispicios, no tendrá más que detenerse y contemplar retazos de un pasado pujante y al mismo tiempo propenso a la estética de las grandes masas edilicias. También, podrá examinar con cierto grado de curiosidad, formas de vida insertas en su árida superficie de arena y cal: plantas, pequeñas hierbas o gráciles arbustos de aparición espontánea que se han adaptado a sostenerse en un medio artificial e incluso, agresivo y en absoluto propicio a su desarrollo. Sin embargo, allí están, como haciendo mofa de nuestra incredulidad, aferradas a las cargas y a los muros en su afán por existir, pese al destino incierto de alguna brisa que depositó semillas de su estirpe más cerca del cielo que de costumbre.

Tan terrícola como los pastos que cubren nuestros talares, el "palán-palán" ( Nicotiana glauca ) alcanza hasta 6 m en condiciones excepcionales, aún cuando no desarrolla un tronco suficientemente grueso para definirlo como árbol. Sus hojas ovaladas, algo carnosas, presentan color verde-azulado -glauco-; tiene flores amarillas, dispuestas en panojas, con un largo tubo de hasta 40 mm, que son visitadas por picaflores durante el día y grandes polillas por las noches, buscando la sabrosura de su néctar. El follaje es empleado en medicina popular para uso externo -cataplasmas- en la cura de llagas, lastimaduras, quemaduras, dolores de cabeza -con hojas frescas-, reumas, hemorroides y para calmar dolores inflamatorios. Es arbusto habitual en lo alto de los edificios de material estructural, donde crece en grietas y oquedades, aún pequeñas, al ingresar las minúsculas y numerosas semillas, generalmente llevadas por el viento al sacudir sus cápsulas maduras. Pertenece a la familia de las solanáceas, como el tabaco, la papa y el tomate.

Al menos, dos helechos columpian sus frondes al capricho de la intemperie sobre las fachadas de nuestras casas señoriales: el "culandrillo" ( Adiantum raddianum ) y uno adaptado con facilidad a tales sitios, precisamente el denominado "helecho de muros" ( Pteris longifolia ), ambas especies con excelente crecimiento y aptitud reproductiva. Empero, es justo reconocer los méritos de una hierba rastrera de reducidas dimensiones, la llamada "besitos porteños" o "conejito de muro" ( Cymbalaria muralis ), que es, quizás, la que mejor adaptación ha logrado en la hostilidad de un entorno caracterizado por el mínimo aporte de alimentos proporcionado a un vegetal por el sustrato en el cual se ha fijado. Sometida a minucioso examen, ella nos revelará una maravillosa morfología de delgados tallos péndulos, follaje tupido de reducidas láminas foliares y por si fuera poco, humilde floración, consistente en minúsculas corolas de tono azulado o liláceo, con paladar amarillento. Son miniaturas de la flor del "conejito", que puebla nuestros jardines hogareños. Es planta originaria de Europa, siendo a menudo cultivada.

Estos y otros yuyos, arbustos e incluso árboles, se atreven a poblar las alturas que solo parecen corresponder a los habitantes alados. Pero..., ¿acaso no es una manera, también, de volar, de abrazarse al viento, de sentir en total libertad sus tenues dedos acariciar la piel de aquel follaje aventurero, ambicioso...?. Hay plantas que hasta llegan a crecer en medio de planicies de... ¡asfalto!, sobre techos donde la tierra es solo polvo que fluye al azar. Un ejemplo interesante podemos observarlo sobre el borde frontal de la Dirección de Tránsito de la Municipalidad, en la Avda. Montevideo, donde un penacho de largas hojas de Plumerillo ( Cortaderia selloana ), se yergue con orgullo, confrontando su altitud con la de los edificios lindantes. Cual claveles del aire, pero con raíz terrestre, ahí están todos estos vegetales, fugitivos del planeta, soñando con despeinarse al sol y bañarse con los primeros rocíos. Para mirar el paso de la gente y de los años.

Y a pesar de que suelen ocasionar el eventual biodeterioro de esos mismos edificios por las grietas que pueden producir -en particular en aquellos pertenecientes al patrimonio cultural por su valor arquitectónico o histórico-, es imposible sustraerse a la idea de su intrepidez y energía para sobrevivir en un escenario inclemente, donde las condiciones de existencia son prácticamente nulas por la escasez extrema de nutrientes. La vida tiene insondables destinos y propósitos ajenos a nuestro entendimiento.

Vivir con altura es privilegio no solo de acaudalados humanos.

 


 

 

 
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