Virtudes del silencio

La comunicación entre las personas mediante el lenguaje hablado, es -obvio es decirlo- ineludible para el funcionamiento de toda comunidad orgánicamente constituida, estableciendo formas de vínculo a través de variedad de idiomas y dialectos. Esto ha sido así desde los albores de la humanidad, cuando aquellos primeros bípedos comenzaron a emitir sonidos guturales con los cuales expresaron sus necesidades y emociones. Inclusive, grupos animales superiores, como ser los mamíferos, poseen un grado mínimo pero imprescindible para mantener la cohesión de sus manadas durante los desplazamientos, búsqueda de fuentes de alimento, demarcación de territorios, relación con las crías, etc.

La necesidad de expresarse -aún con gestos o mímica- es vital y en muchos casos tan expandida por la tecnología en boga -sirva por caso el auge y constante crecimiento de la telefonía celular-, que con frecuencia las horas del día transcurren en un medio " hacinado " de voces provenientes del cotidiano quehacer social, de radios, TV y otros medios distributivos de la fonación inteligible -o no-. Ello es propio de toda geografía donde discurre la vida entre torrentes de hablares y cantares...

No obstante, toda actividad tiene su pausa así como todo elemento posee su contrapartida: maldad-bondad, negro-blanco, cuadrado-redondo, amanecer-ocaso y así hasta el infinito. Somos el producto de las contradicciones. Y en la cumbre de tales antinomias, finalmente, al sonido se opone el silencio, término éste último que el diccionario describe como: " Estado de una persona que no habla ", además de otras acepciones relacionadas. Se hace evidente que tal definición tiene una real magnitud egocéntrica, al poner énfasis en el hombre como " centro del universo ", alrededor del cual gira todo lo demás. Pero, más allá de dicha concepción, el silencio es una cualidad que en su grado más puro y exigente, es ajeno a nosotros, que existió antes del todo. Propiedad única e íntima de la naturaleza, crítica para sus criaturas y a la vez, también " saludable " para la forma de ser excluyente y engreída de nuestra raza.

Pero... ¿conocemos en realidad las virtudes del silencio, la hondura de sus entrañas legendarias?. Es mucho más que la prototípica imagen de la enfermera con el dedo puesto en sus labios o la leyenda impresa en el cartel de la sala de lectura de la biblioteca. Incluso, es probable que hayamos perdido la utilidad de sus bondades, el contacto prístino de su esencia, tal la modificación sonora que hemos gestado en aras de una metrópoli atiborrada de amplias gargantas profiriendo cascadas de rangos decibélicos inauditos. Para satisfacción del estrés.

El dicho de: " oír el silencio ", es cierto. Puede ser palpable, en ocasiones atemorizante. Menester es buscarlo en una suerte de peregrinaje a la Meca de los sentidos, en los rincones que siempre estarán mucho más allá de la plenitud de nuestro interior. En tal aspecto, por ejemplo, la alejada cima donde moran las yungas, en el noroeste argentino; las amplias extensiones de agua de los esteros del Iberá; las laderas de las altas cúspides; la superficie de tierra roja donde se yerguen los bosques subtropicales de Misiones; las candentes tierras del chaco seco, territorios algunos donde la insonoridad puede resultar un objeto tangible a nuestros oídos y precursor de un pensamiento místico o quizás poético. A su vera, el ser humano parece no existir, tan incrédulo se percibe en el continente insubstancial de su atmósfera, que yace erguido, " escuchando " aquella inmensidad etérea que atrapa por completo la magnitud de sus carnes y su sensibilidad toda. Sin viento, ni una brisa siquiera, se puede flotar en sus ondas para remar con la voluptuosidad de la imaginación. Se sueña y se vive al mismo tiempo. ¡Inenarrable experiencia para subyugar al espíritu, dejándolo arrobado por esa lasitud que conduce al éxtasis!.

Berisso, comprimida hectárea de ruidos, si bien adolece de aquellas amplitudes propicias al sagrado mutismo, encuentra a menudo un rescoldo propiciatorio en las costas de frente al Plata. Aquí, en la soledad del atardecer, de pie frente a la leonada perspectiva de las aguas, el silencio puede acudir de improviso al caminante distraído, trasladándolo al delicioso espectáculo de su presencia. Con seguridad, detendrá la marcha y escuchará, extraño de hallarse allí -sumido en medio de la serenidad horaria y la plañidera voz del oleaje-, la dicha del instante único, la franca comunión del yo con el vacío sonoro, la paz de toda ausencia. Su propio ser despojado de toda carga. Solo despertará por el esfuerzo de continuar, de seguir siendo parte del sonido y su permanencia en la sociedad de la cual es miembro fundador.

Hallar al silencio es modificar el curso; es atravesar el sendero y dejarse seducir por su letanía, es bajar a una verde quebrada donde brilla vaporosa luz. Es respirar con profundidad, alentando el ingreso de quimeras y mundos fugaces.

Es asomarse a la primigenia sensación del hombre primitivo -cuando aún no había alentado el clamor de sus creaciones-, chisporroteo de asombro y eternidad.

 


 

 

 
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