A orillas de mi río

Ha terminado de llover. La madrugada -lámpara apagada por los duendes del tiempo-, exhala humedad. La arboleda, aún escondida entre cenizas de sombra, ha comenzado a gotear desde la rotura de un invisible techo. Silencio. Rumor de follaje empapado por fragmentos de agua huérfana, cristal pulverizado sobre un parche de cuero en la garganta abierta del día. Por atrás de la oscuridad, restalla una delirante sinfonieta de ranitas de zarzal para pintar de luces sin color, las horas previas a todo estreno. Para levantar el telón de otra jornada, en las márgenes de un Berisso dormido, de calles pacientes y memorias ausentes.

Palo Blanco comienza a oler a mañana.

El instante es tranquilo, como lo es la playa que reposa marginada de penumbra. El aire evoca a uvas melancólicas, con un dejo -apenas- de sauce marchito. Se oye un carraspeo; la tea diminuta del cigarrillo sazona la sombra densa, iluminando un rostro. Un blando golpe llega del río: pez y hombre se entienden, se prueban, conversan sin frases, con el mudo gesto de la actitud y la mirada.

Alguien se sienta con lástima de cansancio, sobre el fresco colchón del prado ribereño. Se hunde blandamente entre flores y rocío. Tal vez con el sueño despierto a medias, acaso con los párpados levantados por un café humeante, aromático de leñas. Fuera de él, en la cumbrera del infinito, el sol pregunta a una nube si puede salir.

Contestándole discretamente, sus mejillas de agua se sonrosan; al marchar con lentitud, se vuelve de oro, tenue y plena de paz.

Poco a poco, el estuario se puebla de gaviotas, pesadas de luz sobre un mustio oleaje terroso. La figura, con reflexiva curiosidad, las observa pasar abanicando el horizonte al ritmo de aquellas, hasta alcanzar la joven erupción del sol. Las aves, con el misterio de los seres naturales, se sumergen en una cortina de sangre para ausentarse en la nada, olvidadas de todo. El rostro del hombre se viste de bronce antiguo, serio y barbado en madrugadas de floresta. Sus ojos contemplan el mundo que se abre a la vida, iluminados y sencillos por la visión de los minutos que despiertan. Casi sonríen por la alegría de estar allí, quietos, pero navegando en el límite de un continente a la deriva.

Debajo de él yacen milenios de barro, sedientos de mares longevos que alguna vez trajeron semillas y huellas primigenias. Puede sentir que Berisso continúa creciendo, que nunca cesó de crear el futuro. Tierra adentro -a sus espaldas- y en la intimidad del talar, bullen sedimentos de conchilla -recuerdos del pasado- junto a vértebras de ballenas y otros habitantes marinos, delirios geológicos de un planeta que se estaba configurando para llegar a nosotros. Comarca de greda aluvial donde desembarcaron selvas, pajonal e inmigrantes, sal mediante.

En su parsimonia, atado como está al influjo del río, embebido de sol, el hombre parece soñar en su peregrinaje por distancias acuáticas y vastedad celeste. Sus pies reposan en la arena, vaporosamente humeante en el creciente hervor de una playa que parece distanciarse de él, tan serena como el pisar de la libélula. El trinar de un chorlo rompe su cavilación; muy cerca, casi ignorándolo, vadean varios de ellos, sombras pigmeas de otra latitud, estampas menudas y migratorias de pretéritas nieves. La noche ha dejado restos en la voracidad de sus movimientos: el hambre recorre sus largos y amarillentos tarsos, yendo y viniendo en aquel espejo que el río y las horas olvidaron.

La costa ya tira sus hilos de plástico y caña, buscando los peces. El aire combina el efluvio de los árboles al espíritu de las olas, para que las negras golondrinas beban su licor henchido de insectos. El hombre se levanta y entra al escenario de la edad presente. No hay palabras en la mochila de sus pensamientos. Ha logrado surcar -sin moverse-, el borrascoso trayecto de su pueblo milenario, de un Berisso de arcilla moldeado por eones y pala, por evolución biológica y azada. Al arriar las velas de su imaginación, ha vuelto al lugar de los sueños creíbles, de su gente sencilla que aún cosecha hortensias, sábalos y madera. Que todavía cree en el parral de sus viñedos para beber del estío contenido en sus venas estrujadas.

Recuerda, en esencia, que la tierra de su patria pequeña es agua, la misma que rodea el astro naciente y aparece en la cercana profundidad de sus vertientes. Aquí vive y así es su condición de sempiterno trashumante.

Embozado de verdes, un zorzal desgrana su poema musical.

Palo Blanco respira.


 

 

 
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