Tribulaciones de un peatón por Berisso 

Nikolay Alexandreievitch Spichtskin -inmigrante y de ahora en más, Nico -, decidió salir a caminar aquella mañana del sábado. La jornada se presentaba magnífica, con rutilante cielo sobre la barriada de Villa San Carlos. Se enfundó en su estilizado jogging Johnny Mac Peters , calzó sus deportivas zapatillas Ultra Mike Reynolds , vistió su preciosa campera Thapper Grand Ribuk y... tomó un último mate amargo, inclaudicable bastión de su decidida argentinidad. Tenía que comprar cierta herramienta que había visto en la vidriera de la ferretería " La esfera dorada ", tradicional comercio en la vieja esquina del desaparecido " Bar deportista ".

Abrió la puerta de su casa y enfiló con determinación la avenida Montevideo, para gozar de la alegría del sol y la felicidad de la fecha, libre de prejuicios y otros compromisos. Saludó con el brazo en alto al " turco ", quien pasó orondo en su desvalida bicicleta azul y a la vecina -" la chismosa "-, que barría con decisión las hojas de una calle sin árboles. Al llegar a la entrada de la carnicería " La estirpe ", ¡tuvo que saltar con inigualada gracia de bailarín del Bolshoi , ante el intempestivo baldazo surgido de su interior, buscando lavar la acera...!. Profirió unas palabrotas en ruso -¿o moldavo?-, al aterrizar en la baldosa, escuchando las disculpas del caso por una redimida voz. " Muebles RH " estaba sacando su mercadería a la vista del público, cuando Nico acertó a circular en aquel instante. En un principio, se detuvo ante un placar de guatambú -de fino lustre- que inopinadamente se interpuso en su derrotero. Al pasar éste, prosiguió la marcha sin dejar de soslayar su cuerpo entre macizas sillas de viraró y un moldeado ropero, que, precisamente, dejó abrir su puerta, interceptando su andar, casi golpeándolo. En aquel deslizar entre muebles, contempló -sin quererlo-, el precio, facilidades de pago y créditos posibles...

No apuró el paso. Antes más, tuvo que pensar para evitar dos perros atorrantes echados entre el puesto de diarios y revistas de don Antonio y el contenedor de papeles de la municipalidad -una estrecha franja peatonal-. Lo hizo con dúctil precisión de cirujano, sin concesiones por las moscas que rondaban la piel de los canes, alzando las piernas sobre su estática siesta. Tras ello, el territorio frente a sí, le pareció vasto, libre de toda injerencia, vacío de toda solidez. Cruzó otra bocacalle más y ... un chorro insidioso ascendió por su botamangas, salpicándolo con restos de la lluvia nocturna. Un cuadrado irreverente de flojas baldosas pareció sonreírle, haciéndose cargo de la bufonada. Casi una vereda después -con la experiencia debida-, tuvo que optar entre saltar o evadir un charco, residuo también del último chubasco. Al decidirse, pegó su espalda a la pared, hurgando con su trasero el colorido rostro de un político venido a menos, vuelto afiche.

La liviandad de sus zapatillas lo impulsó un poco más lejos. Casi podría decirse que era dichoso ante la perspectiva de llegar. No obstante, " Albertito sport " ya había exhibido sus jeans de moda al frente y acomodado el toldo, más bajo aún que la paciencia de Nico y su astucia por franquear pantalones, camisas, camperas y remeras en ristras colgantes, de laberíntica disposición. Por allí salió nuestro buen hombre, todavía íntegro, pero ya malquistándose con el humor. Como pudo su fortuna y su no necesidad de comprar. Pero... sin transición, se sintió imprevistamente elevado para casi caer en infausta rodada, al tropezar con un montículo de escombros en mitad de la vereda -deshecha-. De inmediato, se sumergió en el colorido desfiladero de una florería callejera, empapándose de aromas, azotado de polen. Gladiolos, gardenias y azucenas, lo miraron vadear aquella hendidura del paraíso.

Algo inquieto, remontó varios bicicleteros, muchos bancos para descanso, eludió un par de bicicletas tiradas y cuatro enfriadoras de helados; rodeó una bolsa con arena y otra de pedregullo; gambeteó una hilera de motocicletas estacionadas ante el local de juegos electrónicos; se hizo el delgado ante dos puestos de frutas y verduras en pronunciada pendiente multicolor al centro del paseo común; esquivó algunos carteles con ofertas del día del supermercado " Noche "; se internó por un bosque de mesas y sillas del puesto de hamburguesas y salchichas " La salchichita "; obvió una cabina del periódico " Mañana " -cuyas banderolas castigaron su cara-; frenó, aceleró y corcoveó en medio de un cerrado confín de otras sillas y otras mesas de una pizzería....Cuanto objeto se le cruzó, Nico fue capaz de rehuirlo, desecharlo y aislarlo. Incluso, fue interceptado por jubilados en conversación en medio de una estrecha senda, por otra cerrada formación familiar en un frente amplio, sin ceder un ápice de espacio -¡se refugió tras un caño al borde de la calzada!-, por locuaces comadres haciendo mandados, por niños correteando, repartidores de volantes - No arrojar a la vía pública -, vendedores propalando su mercancía, el " Sietesacos " en errático deambular, personajes, paisanos, paseantes, turistas, valores y doblés... A medida que la mañana crecía, la algazara y la densidad poblacional iba en aumento.

Pocas cuadras le restaban para acceder a su destino. Aún hubo que sortear un repertorio de electrodomésticos, una maraña de plantas aromáticas de vivero, la estridencia de sendos altoparlantes de la disquería " Jor-El ", varios adolescentes distraídos con sus celulares y una larga cola de pago por vencimiento de un servicio público. Tras muchas fintas, desplantes, sesgos, rodadas, reculares, idas y vueltas, Nico arribó a su meta, a la posibilidad de cumplir su anhelo de compra. Su recreo después del fárrago de la avenida Montevideo.

Pero..., ¡el negocio estaba cerrado...!

¡Se festejaba el día del ferretero!. Lo había leído en el semanario " El Planeta de Berisso ".

Según versiones de buena fuente, Nicolay Alexandreievitch permaneció largo rato a la sombra de cierta estatua de prócer, contemplando -la boca abierta- con incredulidad, las cortinas bajas y el silencio del interior del comercio. A su alrededor, la aventura de cruzar el centro y sobrevivir, proseguía en otras criaturas.

Y en otros intentos de asumir la modernidad.


 

 

 
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