Sembrador de sombras

La tarde invita a caminar. Noviembre acarrea una larga hilera de vehículos que apuran la marcha a sus destinos, llenando la avenida Génova. El sábado es distinto, con madres llevando niños a jugar a la hamaca y hombres acompañando perros de hogar, sueltos en el feliz instante de su encuentro con la naturaleza. Transeúntes que cruzan la diagonal, ligeros o en paz consigo mismos, pero todos saludando con su esquive la imponente estatua del poeta. El coloso de metal y férrea ternura que mira el horizonte del norte.

Cada quien en su descanso, cada cual en su corriente. Unos y otros en la displicencia del verdor; unos en movimiento, otros en la clausura del banco de piedra que aligera penares y promueve alegrías, dudas, retiro, quizás buscando la mirada de algunos para compartir el momento, el saludo de unos ojos o un ¡ chau ! cómplice. Silencio fértil de la edad madura; tímbrica risa de los chicos escapando a sus fantasías.

La plaza Almafuerte es un pulmón que respira a pleno. Es un corazón que late con sangre que no cesa de oxigenarse. Es senda y encrucijada a la vez. Encuentro de seres que se escabullen o indagan; bullicio en la tibia resolana de la primavera. Lugar de rezos, dádivas, oratorias, de poemarios al pie del vate, de arrumacos de novios y discusiones entre jugadores de tejo. Es Raúl Silveti volviendo a recrear sus historias de infancia y chapas. Es el centro palpitante de Berisso y sus nostalgias mitológicas.

En la yerma estancia de su inspiración, un hombre, pala en mano, excava la greda austera de geológicos sedimentos ribereños, la dura y negra tierra mil veces recorrida por un pueblo inmigrante. Cargando años en el misterio blanco de su cabellera, la mirada baja -gratamente celeste-, atento el golpe al impacto de la herramienta, busca y busca la profundidad adecuada para sembrar la simiente de un mejor porvenir. A su lado, cruzan y se pierden peatones; tal vez observen, acaso ignoren su labor. Inclusive, desprecien o critiquen. El pintoresco desfile de gestos humanos es infinito.

Sixto Raúl Reyes prosigue, sin claudicar. El sueña inmensos follajes, maravillosas floraciones, apretados ramajes, fragantes esencias despertando al alba, rumores de pájaros aleteando himnos de crianza, paseantes procurando refugio de templadas sombras a un costado del inclemente verano. Añosas criaturas de fresca piel volando en tierra sus deseos de ser -ellos también-, aves humanas. Escolares en recreo o de pícara rabona, jugando a flotar de cara al pasto para contar hormigas en fuga por ocultos senderos.

El es sembrador. Un afable labriego que cultiva gigantes, un mensajero del mañana. Un creador de esperanzas con vastedad de hojas. Un hombre de nuestro pueblo comprometido con su comunidad. Es uno más, de un núcleo de berissenses amparados en la denominación " Amigos de la plaza Almafuerte ", lugar común donde recalan Pietrobattista, Luis Arrieta, Juan Carlos Ramirez, Horacio, López, César -el calesitero-. y tantos nombres sin laurel ni blasones, ciudadanos de las calles interiores de una breve nación de remansos vegetales, sin presidente ni ministros. Empleados sin sueldo de una municipalidad sin política, obreros que restañan heridas y construyen puentes hacia el mañana.

Y allí, donde ejercen su anónima función, han dejado un desfile de seibos, jacarandás, higueras, anacahuitas, palos borrachos, moreras, fresnos americanos y tanta prole que sus horas y el sudor les permiten. Ni Reyes ni los otros han pretendido fama, réditos y homenajes -tampoco " Planes Trabajar "-. Ellos tan solo cumplen el derrotero que los años y su conciencia les sugieren en la intimidad del alma: sembrar árboles para augurar futuro. Saben que el discurso es vano y que callar e ignorar es peor. Por eso, se multiplican en el explícito quehacer de sus intenciones, a veces con testigos, en muchas ocasiones en la prolífica soledad de sus venturosos pensamientos. Tal vez, nunca vean maduros los frutos de sus ideales, porque inevitablemente la edad duele y conduce al mutismo final. Sin embargo, continúan, pues les agravia el vacío y la desidia. La ausencia y la vana lectura de los proyectos que jamás se cumplen.

Ellos han tenido hijos y han plantado árboles. Con seguridad, jamás escribirán un libro. Pero., con sus manos habrán tejido las páginas formidables de muchos capítulos plenos de sabiduría y amor, con un magnífico final denominado: solidaridad.

En el cielo, retozan golondrinas. Abajo, también hay canciones de paz.

 

 

 
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