La batalla de las caras

La madrugada del lunes 24 de octubre de 2005 -el " día después " de las votaciones por legisladores y concejales-, Berisso amaneció con persistente lluvia y un " lavativo " viento que pretendió barrer las huellas de la suciedad de la jornada anterior. No bastaba mirar con atención; era demasiado evidente el " dinero " que se arremolinaba en veredas y calles, bajo el formato de enormes y vistosos afiches, extensas pancartas, ubicuas obleas, volátiles etiquetas, acrobáticos panfletos y cuanta enjundia gráfica contemporánea se haya acuñado en la prolífica mancomunión de políticos y diseñadores de arte.

Y desde la profundidad del suelo, aquellos rostros -inmutables pero carismáticos-, miraban sonrientes -incluso los derrotados en la contienda electoral- a todo quien acertara a pasar sobre ellos y los observase reír bajo sus zapatos. El agua, mientras tanto, iba diluyéndolos tras el engrudo barato y el color de los pigmentos desleídos, para recrear una pastina irreproducible que alguna corriente llevaría al rincón de las cosas perdidas. Pero costosas.

A casi dos semanas de aquel ejercicio de la democracia y a pesar del vigoroso " rasqueteado " a cargo de personal del municipio, aún subsisten secuelas de una propaganda vial particularmente exacerbada en la oportunidad y caracterizada por su agresiva ocupación visual. Si bien, en sus comienzos, el incremento fue paulatino, a medida que se aproximaba la fecha clave y a pocas horas antes de iniciarse el período de " veda electoral ", se produjo una inusitada y explosiva pegatina en cuanto rincón libre y estratégico hubiese y que supusiera una alternativa directa a la mirada humana. En la práctica, fueron utilizadas tanto las paredes de edificios abandonados o en venta/alquiler, como muros " autorizados " por sus dueños. Tras sucesivas superposiciones de afiches, se conformó una gruesa capa de diferentes partidos que, no respetando a su antecesor, pegaban su respectiva publicidad electoral para, a su vez, ser tapados en las próximas sombras de la noche. Cual estratos geológicos que, al ser hurgados, reflejasen la historia social de una sociedad...

Algunos optaron por embadurnar con obleas verticales, cuanta columna, caño y poste asomase en su derrotero a la fama. Otros tomaron por asalto los papeleros/cestos de residuos -¡pobres criaturas de metal para todo servicio...!-, forrándolos con leyendas en toda su extensión, cuando en realidad debieran haberlas tirado en su interior... Tampoco se salvaron las cabinas de electricidad y gas, tierra fértil a la voracidad insaciable del candidato. Peor aún fue la situación de los refugios para ascenso de pasajeros en la avenida del Petróleo Argentino, allí mismo donde alguna vez hubiera un gérmen de creatividad pictórica de raigambre berissense. Pero poco importó la expresividad temática del color trabajado estéticamente; la singularidad política exigió hasta el más sutil de los sacrificios, en aras del bien supremo: mostrar la dentadura más blanca, perfecta y reluciente, oponiendo por contraste la vigorosa y nueva juventud partidista ante la fosilizada dirigencia opositora... Tal vez, como resintiendo de las críticas por lo sucedido, el gobierno local aseó y pintó tales refugios, alentando una pronta recuperación artística.

¡Cuentas del rosario de nuestra peculiar idiosincrasia!.

¡Y qué decir del bello y robusto edificio de la avenida Montevideo y 11 -ex correo-, el mismo que fuera remozado tras años de incuria, para volver estas últimas semanas a fojas cero en su fachada...!. Pintadas -no solo políticas-, leyendas innominables y exabruptos de rock en aerosol. La apropiada galería paradigmática para un canibalismo ocular. Los árboles -seres vivientes, por si olvidan-, no supieron huir a la frenética vorágine del desmadre generalizado: amanecieron con pintorescas " polleritas " atadas con alambre a su tronco, desde donde suspiraban -a solicitud-, imágenes de futuros concejales, senadores y diputados, rogando ser elegidos por los automovilistas en rauda marcha a la vera del canal de YPF.

Pisos, puertas, aceras, frentes, cunetas, techos, veredas, postes, bancos, caños, ¡cielo y tierra!, ¡agua y nubes...!. Todo. Luego, viento y lluvia lavando el dinero empleado, la posibilidad de una mejor inversión y la necesidad trunca de algo que pudo ser y no fue. Por necesidades de campaña. Por imperio de la ley.

Algunos pocos apelaron al simple cartel sobre estacas, que luego desmontaron al día siguiente. Solución práctica y sin residuos contaminantes. También, hubo pasacalles que fueron retirados adecuada y decorosamente a las pocas horas del acto electoral. Pero... afiches y pintadas dañaron la imagen de nuestra ciudad -de por sí bastante agredida en materia de suciedad-, persistiendo en el tiempo y propiciando a seguir la misma línea de uso del espacio público, por parte de entidades bailanteras y roqueras, como ya está sucediendo.

¡Qué nos puede esperar para los comicios del 2007, con semejante cultura callejera!.

¡Qué difícil es mantener un pueblo limpio!, o ¿será que íntimamente no deseamos serlo?.

 

 

 
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