La consagración de la primavera  

Algunos árboles se han pintado de blanco nieve, otros se han vestido con rubor de rosas tempranas. La tierra asume aromas de lozana lejanía, llevando a los sueños, recuerdos de la añorada juventud. Reverdece un pasto joven con espiguillas trémulas por vivir, delicadas mariposas vegetales que ansían el sol por alimento. La brisa se atreve a traer el joven polen de las flores más despiertas, sones de alfiler en la mansión de los cielos. Y desde la profundidad del follaje, surge prístino el arrullo mismo de la primavera: la música de las aves, el himno mágico de la Creación.

No hay antes ni después para saberlo. Ni calendario o noticioso que nos diga que ha terminado el invierno y comienza otro ciclo en la renovación de la existencia en estas latitudes. Es la llegada de las golondrinas con sus brillantes plumas brincando nubes y su arrullo goteado de sonetos tintineantes, que nos dice que la estación de la vida naciente ha regresado, que está entre nosotros. Es la época del amor, de la canción de los seres que buscan la eternidad.

La primavera se ve en el cambio de colores, se siente en la calidez de las horas maduras. En la nueva luz que derrama cada madrugada y el trino de los pájaros que dialoga a través del horizonte. Raudal de sensaciones que nos incitan a proseguir por nuevos senderos, sin mirar hacia atrás, tal la belleza de lo que sobrevendrá.

¿Y qué sucede con las aves, colegas del peregrinar común por el manto terrestre?. Calladas en razón del escaso funcionamiento de sus glándulas de secreción interna, la extensión lumínica de los días incentiva la producción de sus hormonas, haciendo crecer sus gónadas y el tamaño de la siringe, característico órgano de fonación, bien desarrollado en los machos.

¿Y por qué cantan?. Dispersas como están en el monte e incluso en la urbe, es cuestión de establecer contactos tanto para encontrar pareja, como para decirle a un contrincante del mismo sexo, que ha establecido un área de cría o "territorio" y que lo defenderá con bravura. Generalmente, todo se limita -parado en alguna percha de descanso- a grandes "exposiciones" vocales, que se escuchan en todo el ámbito de nuestra ciudad. Tal el caso de los tímidos Zorzales Colorados, los primeros en hacerse escuchar en las dormidas calles, aún, de Berisso. Incluso, en plena oscuridad y cuando todavía las estrellas titilan. Es el gran cantor, un magnífico y potente tenor, pese a su monótona vocalización. Cada hembra elegirá a su compañero, de acuerdo a su gusto "musical" -mas la suma de otras virtudes que solo ella conoce...-. Formadas las parejas, harán nido, pondrán huevos, criarán sus pichones... y la especie proseguirá hacia el infinito.

El Chingolo es otro peculiar orador de las tinieblas. Voz dulce -si las hay-, de tierna melodía, aún más grata por su brevedad, se alza entre las sombras como un estímulo de gratitud por estar, simplemente. Aseguran algunos que convoca, en la quietud noctámbula, la llegada del viento. Pero si así no fuera, nos basta con la brisa enjuta que nace de su garganta, emplumado pompón de grises y castaños rematado en copete. La Ratona Com ún -o Ratonera, para algunos-, acompaña a menudo con su precoz gorgeo, entibiando el amanecer y haciéndole contrapunto.

La Golondrina de Ceja Blanca embelesa desde las alturas -sobrevolando nuestros tristes techos-, con su gorjeo derramado en cristalina cascada, casi riente y húmeda, mientras captura vagabundos insectos en fuga. Imposible verlas en la oscuridad, parecen burlarse de nuestro aletargado caminar, mientras se deslizan en rampantes acrobacias, orladas de azul y blanco.

El Benteveo o Bichofeo, incentiva el bullicio con su sarcástica onomatopeya, riente gesto de gentil payaso, empero de gratísima vestimenta azufre. En el umbral también noctámbulo del saucedal ribereño, restalla el " chíricot-chíricot-chíricot " de una gran gallineta, el Chiricote, afanosa caminadora de los pajonales húmedos al amparo de la arboleda madre. Allí nidifica y se protege, ajena al hombre y sus vanas vicisitudes. Su canto a dúo o inclusive grupal, nos llega a muchas cuadras de distancia, pueblo adentro, profundizando el recinto silencioso de una madrugada sin trabajo. Otros afirman que nuestra ave proclama la venida de lluvias. Y aunque así no fuera, ¡qué ausencia terrible sería la suya si el monte desapareciera...!.

Canciones de la noche. Voces de la mañana temprana, ecos de la primavera que desgranan sus hijos dilectos. Sello y cuño de un Berisso silvestre que convive con su humilde pero orgullosa humanidad, legado de inmigrantes e interior. Mientras las oigamos y nos deleitemos en ello, habrá primavera para nosotros.

No después.

 

 

 
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