Sobre nosotros, las nubes

Un notable profesor del viejo Colegio Nacional de La Plata, el Dr. Estanislao De Urraza, a cargo de la materia " Historia del arte ", solía decir a sus alumnos, al mostrar diapositivas de cuadros de pintores famosos: " Observen que las telas paisajistas de los grandes maestros flamencos de los siglos XV y XVI, como ser Van Dyck, Van Eyck y Van Der Goes, entre otros, siempre presentan los cielos parcial o totalmente cubiertos de nubes . Eso es un reflejo de su procedencia geográfica marítima -región de Flandes, que comprende territorios de Bélgica, Holanda y norte de Francia- ". Con ello, además, el recordado docente quería significar que la naturaleza del hombre y sus manifestaciones culturales y sociales, son producto directo del medio en el cual nace y se cría, asumiendo una personalidad que caracteriza su posterior vida de relación. Somos parte del escenario virginal donde nos gestaron, sello de identidad con que pueden reconocernos en horizontes ajenos, aún por la mínima expresión de nuestros gestos, gustos y conducta.

¿Y qué es Berisso, sino un apéndice hidrológico cubierto por sedimentos fluviales seculares...?. A orillas del leonado -o sucio, según lo despoeticemos, o contaminado, según lo tipifiquemos analíticamente- Río de La Plata, hemos desarrollado una actitud propia de los pueblos ribereños: vigilar los fenómenos atinentes al comportamiento de las aguas, su predisposición, su nerviosismo, sus idas y vueltas, su ingreso a nuestras calles -ya desbocado- y también observar sus distintos estados, según los efectos que sobre nosotros tengan. Y en estas distintas etapas de su ciclo en la naturaleza, mirar el cielo -otra sana y sabia práctica berissense-, para otear el paisaje celeste e investigar sus nubes -cantidad, formato, diseño, procedencia, destino, movilidad, velocidad, altura, abundancia, etc.-, es algo tan habitual como predecir de inmediato el clima que tendremos. ¡Aventureros de la meteorología!, nos damos tiempo para criticar los partes oficiales por satélite, aduciendo conocer " como la palma de las manos ", la histórica sucesión de los acontecimientos, según el examen meramente empírico que hacemos de aquellas...

Trashumantes viajeras, las nubes nacen en cualquier horizonte y se vierten con total impunidad sobre la ciudad, regulando el humor de sus habitantes al "entrometerse" en sus salidas, fiestas y cuanto acontecimiento al aire libre deba intervenir. Habitualmente las vemos aparecer por el cuadrante sureste, como quien viniera desde La Plata. De allí provienen las tormentas, vientos, lluvias y cuanto malestar energético elabore la naturaleza a espaldas del hombre y en ocasiones, por su indirecta complicidad. Sus vastas formaciones y extrañas estructuras suelen dar pábulo a singulares comentarios, tanto agoreros como fantásticos. Howard Philip Lovecraft, eminente escritor norteamericano, creador de épicas narraciones de terror, se solazaba en su contemplación, creyendo ver en las curiosas formas de las nubes a indescriptibles monstruos, inenarrables deidades y seres amorfos sin nombre, todo lo cual influyó en su original obra.

Cirros, cúmulos, nimbus, estratos, han cruzado -también- la imaginación de nuestros infantiles desvelos, haciéndonos ver rostros, ñomos, bizarros cruceros navegando borrascosos mares, gigantes de piedra subyugando doncellas, mil y un matices con los cuales jugamos en la niñez de barriadas sin televisión, de espaldas al pasto de un baldío...

Las nubes son parte de Berisso. Es agua etérea que brota de nuestro suelo, sus humedales y la cuenca del Plata. De nosotros mismos. Tal vez, por esta razón, las apreciamos en el diario caminar, viéndonos poseedores de similares destinos: nacer, crecer y extinguirnos en la arbitrariedad de la nada. Para pasar a ser recuerdos que se van renovando en la eterna rueda de la vida.

Aquellas pinturas, con sus cielos llenos de algodonosos copos flotando en paz, se nos exhiben en toda su cualidad estética, conduciéndonos a la reflexión. Acaso, las nubes, con su presencia, nos quitan la tremenda orfandad de mirar al infinito para no sentirnos tan solos en esa inmensidad azul. O quizás, pretendemos hallar un punto de comparación para medir la profundidad de nuestra búsqueda en el universo.

Sinónimos de lo efímero, nos hacen creer que volamos a su amparo buscando otros soles, para ingresar, también nosotros, en el mundo de los sueños sin dueño.


 

 

 
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