Flor de Ceibo

Es invierno. Allí subyace, raquítico, rugoso, con secos brazos expuestos a la intemperie, inánime en su escuálida figura de ramas retorcidas. Un desconocido en la costa barrosa de un humedal cualquiera. Un morador del silencio yermo de la estación extrema. Es el Seibo, nuestra Flor Nacional, según decreto 138.974 de 1942; también lo es de la hermana República del Uruguay.

Su apariencia mórbida dejará lugar, a partir de noviembre, a una profusa floración que prosigue hasta enero. Incluso, lo hace precozmente aún en estado de arbusto bajo. Las flores son carnosas y amariposadas, de un exultante color rojo, agrupadas para formar compactos racimos. Son polinizadas por insectos y picaflores, como es el caso del Común y del Bronceado, en Berisso. Curiosamente, se han encontrado en Los Talas, ejemplares con flores blancuzcas. Fructifica desde enero a marzo; el fruto es una legumbre dura y arqueada de unos 10 a 20 cm de longitud, castaño-oscura. Las mismas contienen hasta seis semillas con formato arriñonado y color café, de hasta 20 mm de largo; por su bajo peso específico, pueden flotar y ser transportadas por las aguas, asegurando la diseminación de la planta.

Las hojas son grandes, compuestas por tres folíolos oval-lanceolados, llegando a conformar en conjunto una copa amplia e irregular, de porte poco armonioso por el ramaje tortuoso, cubierto de aguijones curvos, los que también son hallados en los pecíolos y en los mismos folíolos. Las ramas jóvenes son gruesas en la base y delgadas hacia el ápice -como un cono alargado- con aguijones; en un principio son lisas y verdes.

La corteza del tronco y ramas viejas, tiene consistencia corchosa y apariencia resquebrajada; es un excelente sustrato para varias epífitas que suelen cubrirla en gran parte, tal como sucede con el Cacto Trepador, algunos helechos, orquídeas y peperomias. Como árbol, alcanza hasta los 10 m de altura, con troncos de hasta 70 cm -y aún más- de diámetro en la base. La madera es blanco-amarillenta, blanda, porosa y liviana, apta para fabricar armazones de montura, tarugos, colmenas, ruedas, aparatos ortopédicos y para esculturas.

El Seibo, perteneciente a la familia de las Leguminosas, es una especie hidrófila, esto es, que crece en lugares bajos y húmedos, expuesto a inundaciones. Su presencia asegura el levantamiento y consolidación del suelo. En nuestra región es hallado en los pajonales y albardones de lagunas y riachos, o bien como elemento integrado al saucedal ribereño y también en la costa del Plata. Suele formar bosques puros y abiertos, denominados "seibales". Su área natural de dispersión es amplia: sur de Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina desde el norte hasta el noreste de la provincia de Buenos Aires. Se lo cultiva en calles, avenidas y plazas por su carácter decorativo y como sombra.

En medicina popular, la corteza cocida se usa en gárgaras contra el asma y para curar llagas, como calmante y analgésico; en cataplasma fresca y machacada, sana heridas. Con su decoctado se desinfectan lastimaduras y granos con pus. Las flores se emplean para preparar un jarabe para tratar resfríos y la tos. Las semillas contienen alcaloides curarizantes: hipaforina, erisopina, erisodina, eritralina y otros.

Su nombre científico es Erythrina cristagalli ("erytros"= rojo, por sus flores, y "cresta de gallo" por la forma de las mismas). El género Erythrina tiene unas cien especies, la mitad de ellas americanas y las otras afroasiáticas-australianas. Solo tres de ellas viven en Argentina: E. falcata - Seibo Jujeño- y E. dominguezii - Seibo Chaqueño-. E. cristagalli es la que se encuentra en nuestro Partido. Esta última tiene varios nombres vulgares además del Seibo: Zuiñandí (=corteza rugosa, en guaraní), Sui' yua (=yua, fruto y sui, loro) y otras según su ámbito geográfico. Es preferible escribir su denominación como Seibo en lugar de Ceibo -también admitido por la Real Academa Española de la Lengua-, dado que esta voz pudo haber recibido influencia por el apelativo Ceiba -palabra indígena de la isla de Santo Domingo- ( Ceiba pentandra ), árbol americano de la familia de las Bombacáceas y también de flores rojas. Los hombres de ciencia prefieren la grafía Seibo, tal como también los poetas. Rafael Obligado así lo escribió en los primeros versos de su poema Seíbo (con acento en la í): Yo tengo mis recuerdos asidos a tus hojas / Yo te amo como se ama la sombra del hogar / Risueño compañero del alba de mi vida / Seíbo esplendoroso del regio Paraná.

Nuestro Seibo jamás puede ser confundido con otras manifestaciones, tanto naturales como antropológicas. Su idiosincrasia y esencia son tales, que cualquier semejanza con exteriorizaciones del quehacer sociológico, no hacen más que consolidar su valoración botánica, la prístina pureza de sus sangrantes flores -que han dado lugar a variadas leyendas folclóricas- y a confirmar nuestro deleite ante su estampa noble y estoica, cuando, a orillas del canal aledaño a la Avenida del Petróleo Argentino, resurge cada primavera entre el triste y doloroso desecho de la desidia humana.

 

 

 
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