Obreros del barro

Nos precedieron en el tiempo. Por apenas unas decenas de millones de años... Cuando aún el hombre primitivo ni siquiera era entrevisto -¿o imaginado?- en el panorama geológico de las especies. Sin embargo, ellas ya recorrían el paisaje del mundo con supremo orgullo, elevando con gracia su estirpe a los cielos, para dejar muy atrás la grotesca y torpe caricatura del Archaeopteryx , el patrimonio común de su raza volátil.

Y así, las aves cubrieron el planeta con su grácil figura y su típica vestidura de plumas, uno de los mayores "inventos" de la naturaleza para protegerlas del medio ambiente y darle, a la vez el sustento necesario para poder volar con extraordinaria ligereza. El hombre, criatura de excepcional capacidad de observación, supo tomar su plumaje para relleno de colchas y aún camperas para aislarlo del frío y... ¡vio que era bueno!. Había descubierto una de sus perfectas cualidades: mal transmisor del calor. Y tan livianas que comprendió casi de inmediato, que algún día iría a navegar, él también, los vastos espacios de la creación. Por ello, se fabricaron aviones cada vez más parecidos a su aerodinámica estructura, logrando mejor sustento y capacidad de hendir la atmósfera para alcanzar las metas deseadas. Pájaros, simplemente, que fabularon mejores condiciones de vida para la humanidad.

Tal su capacidad de dispersión y éxito, que gestaron infinidad de variedades, cubriendo los rincones más inhóspitos. Vinieron para quedarse, a pesar de nosotros. Llenaron con unas mil especies a la Argentina y a Berisso le dieron casi trescientas, personajes ubicuos en tiempo y distancias de una generosa geografía. Muchas de ellas, empero, sufrieron los embates de formas exóticas que mermaron su población, tal el caso de los gorriones, traídos de la mano del cervecero Bieckert en tiempos de Sarmiento, quien no se avino a pagar el impuesto aduanero, soltándolos para bien o para mal.

Y así fue que se hicieron tan prolíficos, que desplazaron a los pájaros autóctonos, alguna vez moradores de nuestra ciudad: chingolos, calandrias, jilgueros, zorzales, benteveos, horneros y muchos más. En particular este último, considerado el ave nacional de los argentinos. Durante años se lo extrañó en el seno de la sociedad, con su estampa inconfundible y su aún más curioso nido, verdadera fortaleza en el reino de los alados. Por diversas causas y en el ir y venir de las circunstancias biológicas -incluyendo culpas y responsabilidades del hombre como gestor de impredecibles situaciones-, el Hornero, Alonso García, Alonsito, Caserito, Joao do barro -Juan del Barro, en Brasil- o como se lo llame en los mil y un parajes de gran parte de Sudamérica donde se distribuye, ha reaparecido incólume y magnífico. Para pasear en nuestras plazas, veredas, jardines y parques, orondo y feliz por su nuevo encuentro con los habitantes -ya sorprendidos por su larga ausencia-, con el operístico canto a dúo, el tono ladrillo de su librea y en modo particular, su construcción de barro y paja, antecedente del adobe con que levantaron sus ranchadas los primitivos pueblos de las pampas. A imitación del noble artesano de pico y patas.

Nuestro Furnarius rufus ("hacedor de hornos de cola rojiza"), es emblema de trabajo fecundo y recurrente. Incluso los domingos y feriados su labor no cesa, cuando de alzar paredes se trata -oponiéndose a la creencia de su profunda religiosidad y respeto por los días de sagrado descanso-, siempre alegre y activo por demás. Poco a poco va recuperando el terreno perdido, el tiempo de olvido y silencio, impuesto por el caserío que le hemos levantado sobre su territorio de antaño, una ribera berissense agreste, como lo fue poco antes de la llegada de los primeros pobladores a la zona. Y allí, donde alguna vez descollaron frondosos árboles, gruesas ramas y denso follaje, ahora se tienden altos edificios, torres de cemento de energía eléctrica, armazones metálicos, monumentos y un sinfín de artilugios absolutamente desconocidos a su herencia de albañil.

Sin embargo, con notable destreza, adaptándose a los avatares de la evolución, nuestros constructores hicieron " pata ancha " y siguieron construyendo sus nidos. Hoy en día, a poco que recorramos Berisso con pacientes ojos de inspector municipal, veremos sus hornos en extravagantes situaciones y aún maravillosas adaptaciones de espacio y estabilidad. Ejemplos de ello son los nidos existentes en el monumento a la Música de los Inmigrantes -espejo de agua del canal Génova-, el de la ventana del primer piso del Sindicato de Municipales en la calle 166 y el hallado en la calle 17 y 161, magnífico ejemplo de propiedad horizontal, con tres pisos y sin ascensor...

Y así, mientras más busquemos en nuestras viviendas y en el arbolado público ajeno que le hemos forzado a aceptar, podremos comprobar su vigencia y grado de acomodamiento a los cambios para sobrellevar su destino como pájaro de ciudad.

Ejemplo de tenacidad y perseverancia, amalgama de tierra nativa con vigor inmigrante.

 

 

 
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