Caminar el invierno

Ciertos domingos de invierno, cuando la semilla del sol explota, madura y dorada, ofreciendo el caldo nutriente de un inusitado calor, la tarde nos suele invitar a una serena caminata por las calles solitarias de Berisso. En la indolente gestión de la siesta, es posible rastrear, con la simple devoción de nuestro espíritu inquisitivo, los fragmentos exquisitos de un pueblo que se resiste a emigrar al esquema de la modernidad planificada.

Como una vuelta a los tiempos de nuestros padres y abuelos, ciertos barrios, en particular los periféricos y próximos al saucedal ribereño, todavía conservan tibias remembranzas y susurros inmigrantes, que solo es posible hallar en el silencio de la marcha y en la pausa propuesta a la agitada vida cotidiana.

Entonces, los rincones del recuerdo irán apareciendo como pinturas impresionistas, con tonos pastel y otras mediastintas, detenidas en la lumbre propuesta por un día distinto. Aún más nos dirán algunos vecindarios con pasajes de tierra y viejos automóviles ronroneando su intestino óxido. Aquí, la parra de la entrada nos llevará desde su alambrado callejero a la fachada de chapa corrugada; bajo sus cenefas de lata, la galería agrega efluvios de pinotea a la resolana candente de la hora. Adentro, acodados en el sueño, antiguas formas se perfilan con borroso contorno, tras un postigo entreabierto y ausencias humanas.

Las casas parecen pensativas figuras crecidas en glicina y limoneros abandonados, como llorando sobre el fango de la vereda. Un zorzal busca la lombriz escondida en el barro y luego escapa de un salto, asustado de su propia sombra. Al hacerlo, deja caer una vocal, volátil frase del himno grandilocuente de su primavera.

Dos perros dormitan la tarde; sobre el pelaje hervido de sol, sobrevuelan moscas en círculos cansados. La voz asordinada de una radio en chamamé, se oye en la cuadra. Nadie despierta. O apenas: una brisa del río arranca panaderos a la gravidez del cardo y los vierte como pompones de seda sobre el perfil de la arboleda costera.

Fósil de algodón, la conchilla cruje al ser pisoteada por nuestro andar. La avenida converge hacia otros umbrales. Los minutos transcurren mansos bajo el cielo limpio. Deseando irse lejos -también-, un aroma a leña de sauce impregna un pedazo de tarde y lo vuelve pan casero. Acompañándolo, el humo blanco juega en el aire a ser serpentina, nube, velero náufrago en la escollera del vecino. Hasta diluirse en azulina esencia dentro del firmamento.

Pasa una mujer, cansada de edades y bolsas de mercado. Transeúnte del pasado, ella también parece detenida en la época de esa arteria, un hito más en el paisaje próximo al crepúsculo. Tan profunda como su mirada eslava y sus gestos criollos. Al doblar la esquina, retorna el silencio y el sopor de la inmovilidad. Por detrás de todo, la avenida Montevideo regurgita su ingesta de nafta y acero en una parodia de trueno y martillos.

La calle reposa su virtud de abandono municipal, ajena a hombres y cuestiones administrativas. Hilera generosa de arboledas antiguas y gente sin apremios horarios, el territorio del domingo es una experiencia inolvidable, aún cuando solo caminemos sin buscar, sin anhelar toparnos con los fantasmas que alguna vez lo transitaron. Berisso atesora para sí muchas sorpresas a la vuelta de cada recodo. Desde la horrísona detonación del San Blas y la inundación del 40', hasta el cierre de los frigoríficos y la partida del último tranvía, cada rincón de esta sociedad ha guardado entre sus pliegues, la memoria de los sucesos y la nostalgia de los mayores en los ojos de sus actuales pobladores.

Y así, como no es extraño hallar niños jugando a las bolitas en secretas canchitas de barro -a orillas de un mudo estadio de pasiones- cual estampas de antaño fuera de la realidad, tampoco es posible olvidar que la ciudad crece a expensas del pasado, desechando lugares, usos y costumbres; no desea fotos viejas en álbumes nuevos. Para todo aquel viajero de las tardes domingueras, apurar el trayecto hacia su esencia, resultará imprescindible si desea coleccionar retratos del tiempo de su estallido primigenio. El hombre puede esperar; su ambición no. El mañana reclama a la humanidad su puesto en la historia.

El ocaso nos sorprende bajo nubarrones de un frío púrpura. Es momento de regresar al benévolo hogar. Hemos marchado por el espíritu de las cosas sencillas de nuestro pueblo. La fantasía espera para echar a volar.

 


 

 

 
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