Las voces del mundo

Hubo un tiempo en que Berisso habló. Todo un pueblo volcó a sus calles el polifacético lenguaje de los países y lo compartió, vecino a vecino. Tanto en el saludo como en la charla afable de su solidaridad inmigrante. Fueron las voces del mundo quienes confluyeron a los espacios públicos, camino al frigorífico y a la nostalgia enriquecida del terruño en la Sociedad de Socorros Mutuos, jirón fraternal de su patria. Torrente humano que halló, a la vez, los mil y un idiomas de la tierra, para hacerse verosímil murmullo obrero, pocas veces oído en el testimonio de la memoria geográfica.

Así fueron también, aquellos hogares de nuestros barrios, rincones simples donde cada morador supo conservar la tonada extranjera, para legarla a sus hijos y nietos. Expresivo aguafuerte que dio formato a la identidad regional y su inserción en el mapa etnográfico del mundo. Por ello, el recuerdo no deja morir la pintura de aquella curiosa amalgama que trascendió la mortalidad: el acordeón alemán junto a la balalaica bielorrusa, el varénique ucranio al lado del fatay árabe, el carpintero lituano contiguo a la verdulería italiana, el jardín de rosas búlgaro a escasa distancia del vergel de claveles español, el almacén del armenio frente al quiosco del griego, la cálida sonrisa de aquella yugoslava y la dulce mirada de la checoslovaca, los rubios bucles de la polaca y el profundo azabache de un albanés. Y por sobre todos ellos, la voz, el canto, la eterna comunicación del hombre con el hombre, la exaltación del sonido mediante la fonación consciente.

Los años ocurrieron junto al silencio. Devino la ausencia para secar el cauce de los ríos sonoros. Aquellos tomaron el habla y lo guardaron junto a sus huesos, devolviendo a las veredas un idioma prestado, ese castellano que supieron amasar con las palabras de su raza.

Hoy, otras voces vuelven a recrear el himno cosmopolita del Berisso inmigrante: las emisoras radiales. Como ecos de un pasado, renuevan la esperanza de todo amanecer: contemplar la jornada con otra visión del futuro.

Hijos y nietos han tomado la posta de la tradición oral. No solo desde el jardín a la comunidad de su vecindario -como lo fue en aquella época-, sino al país y el mundo todo. Micrófonos e Internet han comprometido el accionar de los jóvenes con sus semejantes en heredad de sangre, idioma y creencias. A través de las venas electrónicas, transmiten la cultura de sus padres y la pasión de sus íntimos desvelos. Con su propia voz, inyectan a la población la palabra de la colectividad, como tantas veces antaño supieron expresar de boca en boca, aquellos caminantes del mundo.

Griegos, ucranios, lituanos, búlgaros, italianos, polacos, alemanes, españoles, han sabido volar con el folclore de las viejas voces, para llegar al corazón mismo del oyente, rehaciendo la nostalgia de la música bailada en la juventud, de la anécdota relatada por un olvidado paisano o aportando la frescura de las nuevas inquietudes de la sociedad. Además, interactúan en directo con los oyentes -aún los de carácter transcontinental-, para saber al instante los acontecimientos, sensaciones, vicisitudes, clima y mil y un sucesos, allende el Río de la Plata. Como si estuviéramos en casa, con todas sus comodidades. Virtudes de la era actual que la juventud comprende y aprovecha como sabia herramienta.

Nuestros mayores ya no caminan Berisso. Su perfil no forma parte del ritmo urbano. Sin embargo, sus voces aún resuenan, distantes y cercanas a la vez, por la magia tecnológica y la dedicación de quienes asumieron el ritual de la palabra y el acento de los pioneros.

 


 

 

 
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