La cultura del piso

Aún estamos en otoño, pero ya el frío se ha instalado con su bagaje de camperas, bufandas, pañuelos, resfríos y un manto fugaz de hojas desprendidas de los árboles que van quedando en la singularidad berissense. Y el viento, ese perenne inmigrante de tierras distantes, trabaja a favor del municipio, arreando la tropa amarillenta que los vecinos acumulan al pie de la acera. Bizarro servicio del clima que solapa la ausencia de muchos otros barrenderos.

Impuestos aparte, se llevan consigo -además-, la contribución onerosa del quehacer rutinario de la gente en estas veredas de Dios: papeles de toda índole, bolsas de polietileno, cigarrillos consumidos, vasitos de plástico, telgopor, delicias y confort de una sociedad que avanza hacia un destino mundano y más despreocupado.

Mirando abajo, a la altura de los zapatos, se vislumbra el mundo de nuestra cultura, la riqueza de nuestra identidad. Así como la arqueología y los antropólogos hurgan en los basureros de remotas civilizaciones, indagando en la vida y milagros de sus extintos pobladores, para intentar comprender sus diarias vicisitudes hogareñas, también nosotros hallamos en el piso el espejo de nuestros procederes. Aunque nos duela comprenderlo o aún analizarlo con selectiva deducción.

A poco de preguntarnos: ¿por qué tiramos todo al suelo, pudiendo dispensarlo con ingenio y sencilla acción en el bolsillo del caballero, la cartera de la dama, la mochila del adolescente o el receptáculo de residuos de la municipalidad?, no tenemos una respuesta acorde a la capacidad de dicción y expresión motora, propias de una raza que ha alcanzado el presunto escaño más elevado de la evolución biológica y cultural de las especies.

Claro. Es mucho más accesible desprenderse de lo inútil con un simple acto -cuasi reflejo ya- de coordinación muscular, que abrevar en la gestión de nuestras neuronas para apuntar a otra solución algo más elaborada y de mayor franqueza solidaria. O, asomar la mano por la ventanilla del automóvil para diseminar a los cuatro vientos, el semillero de una sucia convicción malintencionada, pero también notablemente ignorante de un comportamiento social digno.

Es curioso comprobar que los alrededores próximos a las escuelas se constituyen en los sitios de mayor "contaminación" de la ciudad en materia de variedad de papeles: envoltorios y cajas de golosinas y chocolates, sobres de figuritas, paquetes de cigarrillos, impresos, hojas de carpeta, boletos escolares y cuanto testimonio celulósico podamos imaginar, y que el talento publicitario ha logrado diseñar en algunos folletos con la sugestiva e innovadora advertencia de: ¡NO ARROJAR A LA VÍA PÚBLICA...!. Si bien los quioscos y locales de expendio de tales adminículos -ubicados estratégicamente frente o en cercanías de dichos establecimientos-, suelen contar con cestos para los mismos, casi siempre permanecen apenas usados por obra y gracia de "basquetbolistas" con mala puntería para embocar pero ganadores de un partido contra la comunidad. ¿Acaso no hay un módulo curricular que contemple la enseñanza del simple concepto práctico de respetar nuestro entorno?, ¿o todos apuestan a ser jugadores con poca destreza, al como sucede en la avenida Montevideo, a desmedro de tanto empeño a cargo del ejecutivo municipal?.

Probemos, entonces, en modificar nuestra actitud. Sin objetores de conciencia, ojos electrónicos o inspectores de salubridad, tal como acontece en los países desarrollados, inapelables jueces que observan la conducta del ciudadano para su mejor calidad de vida. Y recuerde que cuando se guarde ese envoltorio que estuvo a punto de hacer llegar al suelo -territorio del facilismo-, al darle un rumbo correcto, sabrá de la satisfacción de comprobar que también calles y veredas de nuestro pueblo pueden ser tan limpias como el living de su casa.

Y sin ayuda del viento, azar del tiempo y las ganas de los empleados del escobillón callejero.

 


 

 

 
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