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Una historia personal en los años de plomo
Sobreviviente del horror
Por Julio Omar Cejas (*)
Todos los años cuando se recuerda el 24 de marzo, día del comienzo de la sangrienta dictadura militar que asoló al país entre 1976-1983, con justicia se menciona a los detenidos desaparecidos, los encarcelados, los niños secuestrados, los muertos como víctimas de ese horror, pero el Terrorismo de Estado a partir de esa fecha dejó muchas otras víctimas, son aquellos que no pudieron irse o exiliarse en otros países y que sobrevivieron como pudieron. Esa es mi historia.
Por esos días en que la mayoría de los jóvenes teníamos ideología y luchábamos de distintas maneras para hacer un mundo mejor, yo era un militante de base del Partido Socialista de los Trabajadores y operario en la Destilería La Plata de la hasta ese momento estatal YPF, en donde me desempeñaba en el sector de reparación de calderas.
En los primeros meses de 1977 con mis compañeros de trabajo del sector reclamábamos categorías prometidas que no se concretaban. El jefe del sector decía no poder resolver el reclamo. En esas circunstancias renuncia el que hasta ese momento era el delegado y en su reemplazo me designan para el cargo. En esos días se da una reunión con el jefe de mantenimiento. En la misma nos pide no hacer medidas de fuerza, ya que los militares le exigían nombres de activistas, nombres que ellos decían no querer dar.
Por esos días (abril de 1977) decidimos con los compañeros conmemorar con un asado en nuestro cámping el 1° de mayo “Día de los Trabajadores”, al cual concurrieron no más de 10 compañeros, entre ellos los más jóvenes.
En el transcurso del encuentro se hizo presente el secretario general del gremio acompañado por dos supuestos trabajadores ferroviarios con el motivo de “saludarnos”. Así procedió a presentarnos a sus acompañantes a cada uno de nosotros.
Noche violenta
Casualidad o no, en la tarde-noche del 11 de mayo de 1977, un “grupo de tareas” de más de 10 hombres rodeó el barrio atemorizando a los vecinos y a gritos y patadas irrumpió en mi domicilio de 162 Norte Nº 2156, donde se encontraban mi esposa y mis hijos de 6 y 18 meses.
Mientras revolvían la casa intentando hallar elementos ‘comprometedores’ y preguntando permanentemente por mí, los miembros del grupo exhibían en forma amenazadora armas de todo tipo y calibre. Afortunadamente, un acuerdo con un compañero hizo que ese día cambiáramos el turno, por lo que no me encontraba en casa.
Después de volver en un par de oportunidades y de llevarse algunas pertenencias de la casa, los extraños se retiraron de la misma forma en que habían llegado: con violencia y a los gritos. Sin perder tiempo y aprovechando la poca luz que el barrio Villa España tenía por aquellos días, mi señora logró salir de la casa y dejar a mis hijos de un vecino, para dirigirse prontamente a contarme en Destilería lo sucedido.
Seguir con vida
Atento a semejantes hechos, decidí no regresar ni a mi trabajo ni a mi casa. Al otro día, con el temor de figurar en las listas de los militares, comunes por ese entonces, viajé a la provincia de Santiago del Estero a refugiarme en casa de algunos parientes. Horas más tarde, también vivirían una experiencia similar mis amigos del barrio y compañeros de militancia Oscar Jiménez y Oscar Sosa, los que después de unos días también tuvieron que huir. Por temor y sin saber si la represión pudiera extenderse al resto de mi familia, también mis padres decidieron irse, perdiendo todo.
Ya en Santiago, tratando de organizarme y empezar una nueva vida, en la madrugada del 7 de julio de 1977 nos despertaron al grito de “¡Abran, la casa esta rodeada!”. Otra vez un grupo de hombres de civil con apoyo de la policía que ingresa y nos interroga respecto a nuestra presencia en el lugar.
Luego nos trasladan a mi esposa y a mí a la capital de la provincia, a 60 Km. de Loreto, lugar de nuestra residencia. A las preguntas de mi madre respecto a cuál era el lugar al que nos llevarían, quien estaba a cargo respondió que “a la SIDE”. Sin perder tiempo, mi madre empezó a recorrer casas de amigos y familiares en busca de ayuda. Con alguno de ellos se dirigió hasta la UR 5 de Loreto y al propio médico de la policía y director del hospital del lugar que resulto ser hermano del propio jefe de la SIDE, ya por esos días Musa Azar.
Esas acciones desesperadas de mi madre probablemente cambiaron el curso de nuestra suerte, porque ya en dependencias de la SIDE en los interrogatorios, el propio AZAR mencionó: ”Gente conocida mía en Loreto me esta preguntando por vos, pero de acá no salís hasta que recibamos los informes que pedimos a Buenos Aires”.
Encerrado en un cuarto, por espacio de horas me someten a interrogatorios de presión y amenazas al estilo del bueno y el malo, haciendo uso del terror.
En horas del mediodía con mi esposa, que estaba en otro lugar, somos trasladados a la jefatura de la policía, donde nos blanquean y nos vuelven a llevar al mismo lugar en idéntica situación. A la tarde, en medio de gritos y empujones me llevan a una sala más grande, donde había mas detenidos, todos de frente contra la pared con las cabezas gachas bajo amenaza de muerte. Allí ponen música fuerte, la que sin embargo no logra tapar del todo los gritos de personas que estaban siendo sometidas a torturas. Al salir veo que tales gritos provenían de un sótano cuya puerta daba al cuarto donde nos tenían. Nunca pude precisar cuan duro fue aquello, pero les aseguro que fueron los peores momentos de mi vida.
En horas de la noche me llevan ante la presencia de Musa Azar, quien me dice que por gestiones de un tío conocido en Loreto me soltaban, no sin antes advertirme que si me agarraban fuera de Loreto era hombre muerto, al igual que el tío que había hecho las gestiones. No lo podía creer, no lo quería creer.
Musa Azar me llama y me entrega los documentos. Y me dice “te podes ir”. No sabía que iba a pasar pero seguí las instrucciones. Cuando abrí la puerta, me llama y me pregunta: “Cejas ¿de que signo sos?”. Le contesto y avanzo hacia la sala contigua donde -era verdad- me esperaban mi esposa, que ya había sido liberada y el tío que era mi garante.
Después de unos días me vuelven a detener y trasladar ante la presencia de Musa Azar, quien develó el misterio. Ya tenía el informe requerido a las autoridades de Buenos Aires, en el que se detallaba mi filiación política, pero centralmente mi actividad de delegado y mi comportamiento dentro de destilería. “Cuando llegaste a Loreto volviste a nacer; andá a tu casa y no salgas de Loreto, fuera de ahí sos hombre muerto”, me dijo Musa Azar la última vez que nos vimos, marcándome lo que iba a ser mi futuro en los próximos años, durante el gobierno de la Dictadura.
Volver
Con el advenimiento de la democracia comenzamos a pensar en volver. Lo fuimos haciendo de a poco. El último en hacerlo y obviamente marcado por el accionar del terrorismo, fui yo. Otra vez a reconstruir la vida, construir nuestra casa y tratar de recuperar mi trabajo con notas a la gerencia y visitas al sindicato, que me dio la espalda; no así los compañeros de andamio y caldera que a través de la junta de firmas pedían mi reincorporación, la que llegó gracias a las gestiones de los compañeros Rentería y Bruno, de la comisión que condujo Figini en el año 1987.
No hay palabras, frases, libros, películas, ni nada que alcancen a reflejar en toda su dimensión lo vivido por las victimas del Terrorismo de Estado imperante en nuestro país entre el `76 y el `83. Esta nota no tiene otra intención que la de incentivar a los vecinos de Berisso a contar la suya, para desmentir que acá hubo una guerra entre dos bandos. Lo que sí hubo fue una dictadura genocida, al servicio de un plan que le arruinó la vida a millones de argentinos, entre ellos yo.
(*) El autor se desempeña como trabajador del polo petroquímico y es conocido en el distrito en los últimos años por su desempeño como dirigente comunitario.

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