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Evita, su amor hacia Perón y
al pueblo argentino

Por Germán Simón Diz, Secretario de Cultura,
Prensa y Propaganda del Partido Justicialista de Berisso.

El 7 de mayo de 1919 nacía nuestra amada Evita, la mujer que dio un giro a la historia de nuestro país y a la vida del pueblo todo.
María Eva Duarte de Perón, bautizada “Evita” por los trabajadores, sus descamisados, modificó el modo de hacer política hasta nuestros días.
Su vida no pasó por usufructuar el poder en beneficio propio. Todo lo contrario: dedicó su vida a la causa del pueblo, a la dignidad y al bienestar de los más necesitados, en especial a los niños, ancianos y trabajadores, como motor de una nación en pleno desarrollo social, político y económico.
Infinidad de cosas se pueden decir de la obra de Eva Perón como política, pero por sobre todas las cosas, se destacó como trabajadora social y madre espiritual de los desposeídos, en tal manera que hasta hoy es incomparable. Pero en esta ocasión, creo pertinente compartir con los lectores, y desde las propias palabras de Juan Domingo Perón, narrar cómo él conoció a Evita y se enamoró de ella. He aquí lo más trascendente de la historia:

…“Eva entró en mi vida como el destino. Fue un trágico terremoto que sacudió la provincia de San Juan, en la Cordillera, y destruyó casi enteramente la ciudad, el que me hizo encontrar a mi mujer.
En aquella época yo era Ministro del Trabajo y Asistencia Social. La tragedia de San Juan era una calamidad nacional que interesaba directamente al Ministerio a mi cargo.
Entre los tantos que en aquellos días pasaron por mi despacho, había una joven dama de aspecto frágil, pero de voz resuelta, con los cabellos rubios y largos cayéndole a la espalda, los ojos encendidos como por la fiebre. Dijo llamarse Eva Duarte, ser una actriz de teatro y de la radio y querer concurrir, a toda costa, a la obra de socorro para la infeliz población de San Juan.
A uno se le había ocurrido ofrecer un gran festival artístico a cambio del donativo de la gente. ¡Pobre de él! “Nada de festivales. ¿Qué es esto? ¿Un carnaval?”, respondió Evita, a quien lo había propuesto, y continuó, “iremos directamente a pedir sin ofrecer nada. En este momento no hay tiempo para organizar un espectáculo, ni un te de masas, ni una canasta. Cosas viejas pasadas de moda que no sirven para otra cosa que para justificar la hipocresía. Los “rascas” vamos a ganar la calle, y digo vamos porque nosotros no somos nada si no reconocemos de dónde venimos. Tuvimos la inmensa suerte de que nuestros destinos cambiaran”…

… “Hablaba de manera vivaz, tenía ideas claras y precisas e insistía en que se le confiara un encargo. Un encargo cualquiera, decía: ‘Quiero hacer algo por esa gente que en este momento es más pobre que yo’”…

… ”Yo la miraba y sentía que sus palabras me conquistaban; estaba casi subyugado por el calor de su voz y de su mirada. Eva estaba pálida, pero mientras hablaba su rostro se encendía. Tenía las manos escuálidas y los dedos ahusados; era un manojo de nervios. Discutimos largo rato”…

… “La Argentina vivía según una tradición decrépita que no tenía en cuenta las exigencias del pueblo. Como en la India, había también una casta privilegiada; el que no pertenecía a esta casta tenía solemnemente el deber de trabajar y el derecho de morirse de hambre.
Vi en Eva una mujer excepcional, una auténtica “pasionaria” animada de una voluntad y de una fe que se podía parangonar con la de los primeros creyentes. Eva debía hacer algo más que ayudar a la gente de San Juan; debía trabajar por los desheredados argentinos puesto que en esos tiempos, en el plano social, la mayoría de los argentinos podía compararse a los sin techo de la ciudad de la Cordillera, triturada por el terremoto.
Decidí, por lo tanto, que Eva Duarte se quedase en el Ministerio mío y abandonase sus actividades teatrales. En mis dos designios políticos las mujeres tenían su parte; quería incluirlas en la vida del país, llevarlas al mismo plano de los hombres y concederles un derecho que no tenían: el voto.
Al principio, aquella frágil mujer rubia no hizo hablar de ella. Me seguía como una sombra, me escuchaba atentamente, asimilaba mis ideas, las elaboraba en su cerebro férvido e infatigable y seguía mis directivas con una precisión excepcional. En dos o tres meses, Eva Duarte había sido capaz de transformarse en una colaboradora indispensable.
Era la demostración palmaria de que la mujer debía ocupar el mismo puesto de lucha que el hombre, que no debía esperar nuestras dádivas, que el sexo no debía ser demostración de superioridad. Por eso afirmo que,  en realidad, la decisión de casamiento entre Eva y yo, fue el primer acto revolucionario que produjo el Justicialismo. Un oficial del ejército argentino, casado con una artista, era una grave ofensa para la imagen de la institución, pero si a ello se agrega el hecho de que ese oficial había cobrado una trascendencia insospechada, el cuadro de esa realidad se volvía, para muchos cortos de genio, bochornosa”…

… “Fue en ocasión de los sucesos de 1945 cuando demostró un valor fuera de lo común y una personalidad extraordinaria. En Buenos Aires, Eva Duarte trabajaba por mí. Tomó la dirección del movimiento, lo llevó hasta las localidades más lejanas del país y muy en breve puso una carga explosiva en el alma de la Nación.
Eva llevó a nuestra gente a las plazas y el 17 de octubre se puso a la cabeza de los “descamisados” que en la Plaza de Mayo amenazaron incendiar la ciudad si no se me ponía inmediatamente en libertad. Era gente venida de todas las provincias, que había caminado a pie kilómetros y kilómetros, insensible al hambre y las molestias del camino, decidida a todo, con tal de salir de un estado de miseria y servidumbre en el que se arrastraba desde generaciones.
Las mujeres se habían llevado consigo hasta los hijos; los hombres habían abandonado los campos y los muchachos habían seguido a sus padres en aquella marcha que podía convertirse en el primer acto de una cruel guerra civil. Hablé desde una ventana de la casa de gobierno; invité a la multitud a volver a su trabajo y mis palabras tuvieron el poder de serenar los ánimos agitados y enardecidos.
Yo estaba finalmente libre; Eva había vuelto a trabajar conmigo con más espíritu y mayor pasión.
En lo sucesivo pensábamos con el mismo cerebro, sentíamos con el mismo corazón. Era natural por tanto que en tanta comunión de ideas y de sentimientos naciese aquel afecto que nos llevó al matrimonio. Nos casamos en diciembre de 1945, en la iglesia de San Francisco en La Plata. Celebró la ceremonia un padre jesuita, Hernán Benítez, que luego fue el padre espiritual de Evita y la asistió hasta la muerte.
La sociedad “bien” de la época nunca comprendió mi relación amorosa con Eva. Era lógico. Qué hombre comprendía a otro que se sentía feliz de ir a la cama todas las noches con la misma mujer. Ellos lo hacían, por cierto, pero nunca eran dos en el lecho, porque entre ellos se acostaba también la monotonía, la frigidez y, en el mejor de los casos, la obsecuencia. Evita fue siempre una mujer apasionada y su fervor no sólo lo vaciaba en la política sino que se desplegaba en todos los actos de su vida”…

Fuentes: Instituto Nacional “Juan Domingo Perón” de Estudios e Investigaciones Históricas, Sociales y Políticas, Presidencia de la Nación. “Yo Perón”, Enrique Pavón Pereyra.   

 

 

 

 

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